“Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto:
que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que
los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por
ellos. De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según la
carne; y aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así. De modo que si
alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí
todas son hechas nuevas.” 2ª Corintios 5:14-17
Este pasaje describe un acontecimiento sumamente importante
para todos los cristianos. En primer lugar habla del “amor de Cristo”, quien
“murió por todos.” Ese amor manifestado en el plan de Dios para salvar a la
humanidad de la terrible condenación producto del pecado, tuvo su centro en la
muerte de Jesucristo en la cruz del Calvario. Así dice Juan 3:16: “Porque de
tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo
aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” La magnitud de esta
acción producto de ese maravilloso amor sólo puede entenderse cuando dejamos de
pensar “según la carne”, y llegamos a conocer al Señor en el espíritu. Cuando
una persona alcanza esta etapa en su vida, podemos afirmar, como dice el pasaje
de hoy, que “nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son
hechas nuevas.”
Cuando de todo corazón creemos y aceptamos a Jesucristo
como nuestro Salvador, espiritualmente se lleva a cabo un cambio en nosotros.
En ese momento somos "sellados con el Espíritu Santo de la promesa",
dice Efesios 1:13. Podemos decir que ahora estamos “en Cristo”. Sin embargo
muchas veces nos encontramos enfrentando las mismas tentaciones y los mismos
deseos, y cometiendo muchos de los mismos errores que cometíamos antes. Pero,
¿cómo es posible que actuemos como si fuéramos los mismos de antes si ahora
somos “nuevas criaturas”? El problema es que nuestra naturaleza carnal quiere
continuar en control de nuestras acciones. Pero ahora el Espíritu Santo nos
redarguye cuando pecamos, y nos sentimos mal, y venimos arrepentidos delante
del Señor pidiendo perdón. Esta es la gran diferencia. Ahora somos sensibles a
la voz del Espíritu y de esta manera se va llevando a cabo en nosotros el
proceso de santificación que tiene como fin hacernos conformes a la imagen de
Jesucristo.
Es, sin duda, una lucha constante entre nuestro deseo de
agradar al Señor y los deseos de “la carne”. Pero ahora no estamos solos, sino
que contamos con la ayuda del Dios todopoderoso quien nos ha adoptado como sus
hijos, dice Gálatas 4:4. No es una batalla fácil, pero la victoria está
asegurada, pues todo aquel que ha creído en el Hijo de Dios “tiene vida eterna;
y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida”, declara Juan 5:24.
Es, por lo tanto, un proceso irreversible que quedó establecido cuando Jesús
resucitó de los muertos y fue sellado en nuestros corazones por el Espíritu
Santo.
El apóstol Pablo experimentó esta batalla entre su nueva
naturaleza y sus viejos hábitos. En Romanos 7:15 él exclama: “Porque lo que
hago, no lo entiendo, pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco eso
hago.” Más adelante en este mismo capítulo Pablo expresa su malestar consigo
mismo diciendo: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?”
Pero finalmente declara su agradecimiento por el inmerecido regalo de su
salvación: “Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro.” He aquí
manifiesta la infinita gracia de nuestro Señor a través de su muerte en la
cruz.
Nuestra parte en este proceso es buscar cada día el
rostro del Señor, escudriñar su Palabra, tener períodos de oración en los
cuales traigamos delante de Dios nuestras cargas y nuestras luchas, y
confesemos ante él los pecados en los que hemos caído pidiéndole perdón de todo
corazón. De esta manera el Espíritu Santo hace su obra de restauración, y la
vida de Cristo se va reflejando en nuestro testimonio delante de los que están
a nuestro alrededor, para la honra y la gloria de Dios. Y todos se darán cuenta
que verdaderamente somos “nuevas criaturas” en Cristo Jesús Señor nuestro.
ORACIÓN: Amado Padre celestial, gracias por la obra que tu
Espíritu Santo está haciendo en mi vida. Ayúdame a ser obediente y moldeable a
tus planes para mi vida, de manera que yo llegue a ser una nueva criatura
conforme a la imagen de tu Hijo. En el nombre de Jesús, Amén.
ENRIQUE SANZ - (DEVOCIONAL "DIOS TE HABLA")


