“Alabad a Dios en su santuario; alabadle en su majestuoso
firmamento. Alabadle por sus hechos poderosos; alabadle según la excelencia de
su grandeza. Alabadle con sonido de trompeta; alabadle con arpa y lira.
Alabadle con pandero y danza; alabadle con instrumentos de cuerda y flauta. Alabadle con
címbalos sonoros; alabadle con címbalos resonantes. Todo lo que respira alabe
al Señor. ¡Aleluya!” Salmo 150
¿Cómo debemos alabar a Dios en el templo? El tema de la
alabanza o la música en la iglesia es sin duda muy controversial, pues cada
opinión que se expresa está inspirada por el gusto particular de quien habla, o
su lugar de origen, o el medio ambiente que le rodeaba durante su crecimiento
(físico, y también espiritual cuando se convirtió). Con seguridad veremos
estilos muy diferentes de alabanza y adoración en una iglesia en una aldea
africana que en una iglesia en Inglaterra, o en Norte América, o en un país de
Centro o Sur America, por ejemplo. Pero esto no quiere decir que esa alabanza
no sea del agrado de Dios. Por lo tanto, no debemos concentrarnos tanto en el
estilo (himnos tradicionales o canciones contemporáneas), sino más bien en la
esencia y el propósito de nuestra alabanza.
El propósito fundamental de la alabanza es agradar a
Dios. Por lo tanto debemos alabarlo como a él le gusta que le alabemos, de la
misma manera que cuando vamos a hacer un regalo a una persona que amamos
tratamos de conseguir algo que sabemos le va a gustar. En primer lugar, debemos
alabar a Dios de todo corazón. El Salmo 9:1 dice: “Te alabaré, oh Señor, con
todo mi corazón; contaré todas tus maravillas.” Esto es de suma importancia
para el Señor. En Isaías 29:13 leemos que Dios se lamentó de la alabanza
hipócrita de los israelitas: “Dice, pues, el Señor: Porque este pueblo se
acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos
de mí.” Tanto la adoración como la
alabanza deben salir de corazones agradecidos y deseosos de expresar su amor al
Señor.
Cuando Jesús se encontró con la mujer samaritana junto al
pozo de Jacob le dijo: “Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu
y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren.”
(Juan 4:23). Jesús estaba haciendo un contraste entre la adoración de los
judíos y la adoración que Dios pediría de sus seguidores en su nuevo pacto,
bajo el cual sus cuerpos serían “templo del Espíritu Santo.” (1ª Corintios
6:19).
La persona encargada de dirigir la alabanza en el templo
debe buscar profundamente la dirección del Espíritu Santo mientras planea los
himnos o canciones que se van a cantar, y durante su ejecución en el servicio.
Es necesario que su planeamiento esté precedido por un tiempo de oración en
busca de la voluntad de Dios, y el Espíritu Santo, quien intercede por
nosotros, le guiará exactamente a lo que Dios desea. Desde luego que la
búsqueda sincera de la voluntad de Dios implica renunciar a conceptos
establecidos por el hombre y usar la Biblia como la norma básica en su planeamiento.
Por ejemplo, no hay nada en la Palabra de Dios que impida
palmear o alzar las manos durante la alabanza, como prohíben algunas iglesias.
Todo lo contrario: El Salmo 47:1 dice: “Batid palmas, pueblos todos; aclamad a
Dios con voz de júbilo.” Y el Salmo 134:2 exhorta: “Alzad vuestras manos al
santuario y bendecid al Señor.” Algunas iglesias estiman que el piano es el
único instrumento que se debe usar en la alabanza. No hay nada en la Biblia que
lo apoye. El pasaje de hoy (Salmo 150) es una clara exhortación a alabar a Dios
con todo instrumento musical. Este mismo Salmo nos exhorta a danzar en medio de
la alabanza. Sin embargo, hay iglesias que casi catalogan la danza como algo
diabólico. Por otro lado también es cierto que hay iglesias en las que se
exageran los movimientos al momento de danzar, o el volumen de la música es tan
alto que en ocasiones atormenta en lugar de traer paz y gozo a la congregación.
Un principio a tener en cuenta siempre es que “en todo los extremos son malos.”
Debemos buscar un balance apropiado bajo la dirección del Espíritu Santo, y
recordar siempre el consejo del apóstol Pablo: “Hágase todo decentemente y con
orden.” (1ª Corintios 7:40).
ORACIÓN: Padre santo, te ruego que tu Santo Espíritu me dirija de
manera que mi adoración y mi alabanza para ti salgan de lo más profundo de mi
corazón y sean siempre de tu agrado, y que tú recibas toda la gloria. En el
nombre de Jesús, Amén.
ENRIQUE SANZ - (DEVOCIONAL "DIOS TE HABLA")


