Cuando los
ciento veinte discípulos se reunieron fielmente en el aposento alto, no estaban
simplemente esperando una fecha en el calendario. La Biblia dice que:
"estaban todos unánimes juntos" (Hechos 2:1). Esto significa que se
habían reunido como un solo cuerpo con un propósito: la esperanza de ver
cumplida la promesa de Jesús. Su clamor era el mismo que en los días de Isaías:
"Señor, abre los cielos y desciende. Que todas las montañas de oposición,
humanas y demoníacas, se derritan en Tu presencia, para que los perdidos sean
salvos "(Isaías 64:1).
CAE EL FUEGO
VISIBLE.
Sabemos lo que
pasó: El Espíritu Santo cayó, como fuego visible que se apareció sobre las
cabezas de los discípulos. Este derramamiento santo los llevó a las calles de
Jerusalén, donde miles de religiosos sin vida vieron y escucharon lo que estaba
sucediendo. Inmediatamente el Espíritu cayó sobre esa multitud, derritiendo
cada montaña de oposición. Pedro se levantó para predicar, y de repente
aquellos que habían rechazado a Jesús –las masas que habían endurecido sus
corazones– se derritieron al mencionar el nombre de Cristo, y tres mil
personas exteriorizaron su clamor por ser salvas.
EL ENFOQUE DE
DIOS.
Considera lo
que Dios estaba haciendo. En todo el mundo en ese momento, había guerras,
levantamientos, grandes tinieblas e imperios que invadían naciones. Múltiples
millones estaban ocupados con el comercio, mientras los cargueros y las
caravanas de comercio atravesaban el globo. Sin embargo, el interés y el enfoque
de Dios estaba en ciento veinte humildes santos que oraban, reunidos en una
pequeña habitación alquilada. ¿Qué nos dice esto? En pocas palabras, cuando
Dios enciende un fuego, debe haber madera para que se prenda. Mientras su
Espíritu soplaba sobre aquellos santos en Pentecostés, una temblorosa llama se
convirtió en un fuego que pronto cubriría toda la tierra.
Una vez más, el
mismo clamor se está levantando en todo el mundo hoy.
DAVID WILKERSON - (DEVOCIONAL DIARIO “ORACIONES”)


