“Porque sabemos que la ley es espiritual; pero yo
soy carnal, vendido a la sujeción del pecado. Porque lo que hago, no lo
entiendo, pues no practico lo que quiero; al contrario, lo que aborrezco, eso
hago. Y ya que hago lo que no quiero, concuerdo con que la ley es buena. De
manera que ya no soy yo el que lo hace, sino el pecado que mora en mí.” Romanos 7:14-17
Los creyentes
han sido liberados del poder del pecado, pero no de su presencia.
Romanos 7:14-25
es quizá el pasaje más autobiográfico en toda la Escritura. En este conmovedor
relato Pablo describe en un lenguaje vivo y llamativo su batalla con el pecado
que mora dentro de él. Es tan poderoso ese lenguaje que algunos creen que se
refiere a la vida de Pablo antes de su conversión. Pero el apóstol se describe
a sí mismo como uno que busca obedecer la ley de Dios y que odia el mal (v 15,
19, 21), que es humilde y reconoce a Jesucristo como Señor y le sirve con su
mente (v25). Ninguna de estas cosas caracterizan a un incrédulo.
La palabra
“porque” indica que Pablo no está comenzando un nuevo tema sino que está
continuando con el pensamiento de la primera parte de Romanos 7 donde dice que
la ley revela nuestro pecado. La ley no
es el problema sino que revela el problema: el pecado. El apóstol hace la
sorprendente declaración de que él es “carnal, vendido a la sujeción del
pecado”. La carne es nuestra humanidad no redimida, esa parte de nosotros que
todavía es pecaminosa y pelea en contra de nuestra nueva naturaleza. Las
palabras de Pablo no significan que Dios sólo lo había salvado parcialmente,
sino que enfatizan que el pecado sigue siendo una fuerza poderosa en la vida
del creyente y no se debe jugar con él.
Los cristianos
están bajo ataque del exterior, de Satanás y del sistema mundial maligno. Pero
también tenemos una “quinta columna”, la carne dentro de nosotros que ayuda a
esos ataques. Pelea contra tu carne hoy al “no proveer para los deseos de la
carne” (Rom 13:14).
JOHN MACARTHUR - (DEV. "VIDA NUEVA PARA EL MUNDO”)


