EVANGELIO DE LA CRUZ
Por Faustino de Jesús Zamora Vargas
“Porque la palabra de la cruz es necedad para los que se pierden, pero para nosotros los salvos es poder de Dios.” 1 Corintios 1:18
“En Dios descansan mi salvación y mi
gloria; La roca de mi fortaleza, mi refugio, está en Dios.” Salmos 62:7
Fue pasión. La cruz no podría ser entendida sino es a través del poder
de Dios y de su Espíritu. Un derrame de pasión del Dios todopoderoso, pasión
hecha palabras de muerte, de vida, de resurrección; palabras que tienen el
sabor a madera, el sabor de la cruz. Predicamos al Cristo crucificado, no
muerto, sino resucitado, vivo en toda su inmensidad. La palabra de la cruz sigue
siendo locura hasta que Cristo sana la esquizofrenia de la sabiduría humana en
la mente y corazón del incrédulo que recibe el bello toque de Dios. El evangelio de la cruz no puede ser
entendido por la razón humana, sino en el Espíritu. Jesús es el poder y la
sabiduría de Dios. El evangelio se basa en la palabra de la cruz, en el Cristo
crucificado que resucitó al tercer día.
Debemos saber que nuestro viejo hombre fue crucificado con él (Ro 6:6).
Debemos recordar que hemos crucificado la carne (Gálatas 5:24) y andamos en
novedad de vida (Ro 6:4). Estábamos muertos y él nos resucitó junto con él. La
pasión del Señor se entiende por la revelación de la palabra de la cruz, del
evangelio de salvación.
El evangelio de la cruz cura la vista mental y echa a andar a los cojos
de espíritu, derriba los afanes y nutre de fe. Dios quiere que el mundo le
conozca por el mensaje de la cruz, por la locura de la predicación. Por eso
celebramos al Cristo vivo. La resurrección asestó un golpe mortal a la
sabiduría humana, al intelecto racional. Nadie puede conocer a Dios si no es a
través del conocimiento de Jesucristo, vida eterna; argumento que rompe los
moldes de la ciencia y la razón.
Celebrar la pasión de Jesús es celebrar la vida. Dios nos sentó en los
lugares celestiales en Cristo Jesús (Efesios 2:6) porque él resucitó. Su muerte
nos dio muerte de una naturaleza corrupta, su resurrección nos hizo nacer de
nuevo para entender desde la perspectiva espiritual la grandeza del evangelio
de la cruz. La cruz continúa siendo el centro del cristianismo. La resurrección
fue el hecho histórico irrefutable por el cual miles de cristianos se dejaron
quemar en la hoguera, se abandonaron a las fauces de los leones, soportaron los
martirios más descabellados en todas las épocas. La resurrección es la puerta de entrada a la fe salvadora, su corona,
su estandarte. Sólo puede ser asimilada desde la palabra de la cruz, desde
el evangelio del martillo y los clavos, desde la sangre del cordero pascual.
Toda la ira de Dios descargada en su Hijo para que el mundo pudiera
creer en él y se salvara, el justo por los pecadores, el inocente por los
culpables, el santo por los irreconciliables. Y la muerte no pudo. No pudo
evitar que se alojara toda la gloria de Dios en su cabeza. Por un instante; a
pesar del vinagre, de la corona punzante, de la soldadesca ebria jugándose sus
vestidos. Por eso es pasión; por su inclinación a morir para que el mundo viva,
por el amor a los que le siguen, por su vocación a redimir a millones de
esclavos del pecado que se jactan de su perversa condición.
El evangelio de la cruz no ha dejado de anunciarse y aún busca “locos”
que prediquen su locura, que no se jacten de otra cosa a no ser de la cruz del
Señor (Gálatas 6:14), que tengan conciencia de su resurrección con Cristo y de
encarnar el privilegio de ser nueva criatura. Dios busca a hombres y mujeres que comprendan el valor de la cruz;
sencillos como sus pescadores, versados como Nicodemo, necios para avergonzar a
los sabios, débiles para contrariar a los fuertes, despreciados por su
anonimato para aleccionar a los encumbrados sabiondos, apasionadas como las
mujeres que estuvieron al pie de su cruz y luego anunciaron a los discípulos el
milagro de la tumba vacía.
Si ustedes, pues, han resucitado con Cristo, busquen las cosas de
arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. (Col 3:1). Aquí está el
desafío, mirar al cielo para que nuestro mensaje pierda su frágil humanidad,
nuestra predicación se ahogue en sus inconsistencias y permanezca Cristo, su
evangelio del cielo, la insustituible palabra de la cruz. ¡Dios bendiga su
Palabra!


