“…por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos
hechos justicia de Dios en él” 2
Corintios 5:21 (Leer: 2 Cor. 5:1-8)
Ruido. Vibración.
Presión. Energía. El astronauta Chris Hadfield usó estas palabras para
describir su lanzamiento al espacio. Mientras el cohete se desplazaba
velozmente hacia la Estación Espacial Internacional, el peso de la gravedad
aumentaba y se hacía difícil respirar. Cuando pensó que se desmayaría, la nave
entró repentinamente en la ingravidez. En vez de caer en la inconsciencia, se
puso a reír.
Esto me hizo pensar en
los días previos a la muerte de mi madre. El peso de la vida seguía aumentado,
hasta que quedó sin fuerzas para respirar. Entonces, fue liberada de su dolor y
entró tranquilamente en la «ingravidez» del cielo. Me gusta pensar en su
sonrisa cuando respiró por primera vez en la presencia de Jesús.
Aquel viernes «santo»,
a Jesús le sucedió algo similar. Dios
cargó sobre Él el peso del pecado de todo el mundo, hasta que no pudo respirar
más. Jesús exclamó: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lucas
23:46). Al tercer día, Dios volvió a darle vida, y ahora vive donde el pecado y
la muerte no tienen poder. Un día, los que confían en Cristo se unirán a Él, y
me pregunto si miraremos atrás a esta vida y nos reiremos.
Padre, gracias porque
estar ausentes de este cuerpo con sus pesadas cargas significa estar contigo
para siempre.
El sacrificio de Jesús
nos señala hacia el gozo del cielo.
(La Biblia en un año: Jueces 19-21 – Lucas
7:31-50)
JULIE ACKERMAN LINK - (Devocional “NUESTRO PAN DIARIO")


