“Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu
sobre toda carne” Hechos 2:17
La iglesia del Nuevo
Testamento nació en un resplandor de gloria. El Espíritu Santo descendió sobre
ella con fuego y los primeros cristianos hablaban en lenguas y profetizaban.
Ellos experimentaban una fuerte convicción de pecado y multitudes se
convertían. El temor de Dios caía sobre ellos y sobre todos los que los veían.
Las cárceles no podían retenerlos y las tormentas no podían ahogarlos. Había
señales, prodigios y milagros. Evangelistas osados iban por todas partes
predicando la Palabra
y cuando les quitaban sus posesiones, continuaban regocijándose. Cuando eran
apedreados, ahorcados, quemados o crucificados, iban cantando y alabando a
Dios. Era una iglesia triunfante, sin miedo a Satanás, irreverente hacia los ídolos,
impasible ante plagas o persecución. Era una iglesia lavada con sangre, que
vivía y moría en victoria.
¿Cómo será la iglesia
de los últimos tiempos? ¿Cómo andará la iglesia en su hora final? ¿Como una
iglesia gorda, próspera y egoísta o será sólo un puñado de verdaderos creyentes
perseverantes, viendo cómo la muerte y la apostasía carcomen como un cáncer?
¿La frialdad la dejará débil, burlada y sin poder? ¿Saldrá la iglesia de este
siglo llena de hipocresía, con las manos sucias y corazones impuros ofreciendo
fuego extraño con gran alabanza, adoración y reuniones de oración?
De hecho, habrá un gran alejamiento o apostasía. Habrá
prostitución espiritual en todo lugar. Y debido a que el pecado ha de
abundar, el amor de muchos se enfriará. Vendrán engañadores, enseñando
doctrinas de demonios. La gente tendrá comezón de oír y acudirá cual rebaño a
escuchar predicaciones suaves. Los engaños llegarán a ser tan terribles que aun
los escogidos serán severamente probados.
Pero la iglesia de
Jesucristo no saldrá gimiendo o cojeando. Saldrá victoriosa, con gozo inefable,
montando un río de paz. Saldrá libre de toda esclavitud, con su pie sobre el
cuello de Satanás. Y cada miembro de esta iglesia verdadera vivirá y morirá sin
miedo. El poder del tentador será quebrantado. Los cristianos serán santos y
derribarán ídolos. Serán tan fuertes en el Señor como los primeros cristianos.
“Y en los postreros
días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne” (Hechos 2:17).
DAVID WILKERSON
- (DEVOCIONAL DIARIO “ORACIONES”)