“Ahora, así dice Jehová, Creador tuyo, oh Jacob, y Formador
tuyo, oh Israel: No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú.
Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te
anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti.” Isaías 43:1-2
En 1929 Roy Riegels,
jugador de fútbol americano de la Universidad de California, hizo algo durante uno
de los campeonatos que quedó registrado en la historia. En el segundo cuarto
del primer tiempo, tomó la pelota y salió corriendo hacia el extremo
equivocado. Fue interceptado, por un compañero de equipo, justo antes de cruzar
la línea de gol. Su error le hubiera dado seis puntos al equipo contrario. El
equipo de Riegels tuvo que dar la pateada de despeje desde su propio
extremo. El equipo contrario bloqueó la
patada, ganando dos puntos que al final significó un triunfo para el equipo
contrario.
Durante el entretiempo,
los jugadores de California se arrastraron melancólicamente al vestidor.
Riegels se desplomó en un rincón, enterró el rostro en las manos y lloró
desconsoladamente. El entrenador no ofreció ninguna palabra alentadora. ¿Qué
podía decir? Cuando el equipo se preparó para salir y jugar el segundo tiempo,
su único comentario fue:
—Señores, los mismos
jugadores que jugaron en el primer tiempo, comenzarán el segundo.
Los jugadores enfilaron
para la puerta, todos menos Roy Riegels. El entrenador se acercó al rincón
donde estaba sentado y le dijo suavemente:
—Roy, ¿me oíste?
—No puedo hacerlo
—protestó Roy—. Lo he arruinado a usted, he arruinado a la universidad, y me he
arruinado yo.
El entrenador le puso
la mano sobre el hombro.
—Roy, levántate y
vuelve a jugar; el partido apenas va por la mitad—. Inspirado por la confianza
de su entrenador, Roy Riegels salió para volver a jugar. Después del partido
los jugadores del equipo contrario comentaron que Riegels había jugado la
segunda mitad del partido como nunca antes habían visto jugar a nadie.
Lo que ves en ese
entrenador es apenas un vislumbre de la actitud de aceptación de Dios hacia
nosotros. Cometemos errores. De cuando
en cuando corremos en dirección contraria. Y cuando tropezamos y caemos,
empeoramos el problema apartándonos de Dios por vergüenza. Pero él se nos
acerca y dice: "Levántate y ponte en marcha; el partido apenas va por la
mitad".
En Isaías 43:1 Dios
promete amarte y aceptarte. Dice, en otras palabras: "Tú me perteneces, tú
eres mío". Personaliza este versículo: "El Dios del universo me ha
llamado por mi nombre. Dice que le pertenezco".
Dios no te repudia
cuando corres en dirección contraria. Nunca dice: "Arruinaste todo, así
que ya no eres mío". Seguro, quiere que des media vuelta y vayas en la
dirección correcta, pero aviva su Espíritu dentro de ti para que vuelvas a
andar. Y nunca dice más que: "Me perteneces, eres mío".
JOSH MCDOWELL - (Dev. "VIDA
NUEVA PARA EL MUNDO”)


