“Pero si esperamos lo que no vemos, con
paciencia lo aguardamos.” Romanos 8:25 (Leer Salmo 42:1-11)
La vida de mi padre se caracterizó por los
anhelos. Anhelaba sanarse, aunque el Parkinson deterioraba cada vez más su
mente y su cuerpo. Anhelaba paz, aunque lo atormentaba una profunda depresión.
Anhelaba sentirse amado y cuidado, pero solía sentirse totalmente solo.
Se encontraba menos solo cuando leía su salmo
favorito, el Salmo 42. Como él, el escritor tenía un anhelo desesperado, una
sed insaciable de sanidad (vv. 1-2). Como él, experimentaba una tristeza que
sentía que nunca se iría (v. 3) y que casi le hacía olvidar momentos de gran
alegría (v. 6). Como mi padre, cuando olas de angustia y dolor lo acosaban (v.
7), el salmista se sentía abandonado por Dios, y preguntaba: «¿Por qué?» (v.
9).
Cuando las palabras del salmo le llegaban y
le confirmaban que no estaba solo, mi padre sentía que una paz tranquilizadora
comenzaba a acompañar su dolor. Escuchaba una tierna voz que le aseguraba que
aunque no tenía respuestas, Dios lo seguía amando profundamente (v. 8).
Y a veces, escuchar en la noche esa suave
canción de amor era suficiente. Bastaba para que él se aferrara a atisbos de
esperanza, amor y gozo. Y bastaba para que aguardara con paciencia el día en
que sus anhelos serían finalmente satisfechos (vv. 5, 11).
Señor, hasta que llegue el día de verte, ayúdanos
a descansar en tu canción de amor en la noche.
Mientras esperamos la mañana, podemos
descansar en la canción de amor nocturna de Dios.
(La Biblia en un año: Génesis 36–38
— Mateo 10:21-42)


