“Porque del corazón salen los malos
pensamientos […]. Estas cosas son las que contaminan al hombre…” Mateo 15:19-20
(Leer Mateo 15:1-11, 16-20)
Cuando un grupo de universitarios hizo un
paseo cultural, el instructor casi no reconoció a una de sus mejores
estudiantes. En la clase, ella escondía bajo sus pantalones unos zapatos de
unos 15 centímetros
de alto. Pero con botas, medía menos de un metro y medio. «Mis tacones son como
quiero ser —dijo riendo—, pero mis botas son como en realidad soy».
Nuestra apariencia física no define quiénes
somos; lo que importa es el corazón. Jesús fue duro con los expertos en
apariencias: los súper religiosos «fariseos y maestros de la ley». Cuando estos
le preguntaron por qué sus discípulos no se lavaban las manos antes de comer
—como indicaba la ley (Mateo 15:1-2)—, Él dijo: «¿Por qué también vosotros
quebrantáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición?». Entonces, señaló
cómo ellos habían inventado un agujero legal para proteger sus riquezas y no
ocuparse de sus padres (vv. 4-6), deshonrándolos y violando el quinto
mandamiento (Éxodo 20:12).
Si priorizamos las apariencias, encontrando
excusas para no cumplir los claros mandamientos de Dios, estamos violando el
espíritu de la ley. Jesús afirmó: «del corazón salen los malos pensamientos,
los homicidios, los adulterios, las fornicaciones» (Mateo 15:19). Solo Dios,
por medio de Cristo, puede darnos un corazón limpio.
Señor, ayúdame a ser auténtico con los demás.
Cuando nuestra motivación es impresionar a
los demás, no estamos impresionando a Dios.
(La Biblia en un año: Éxodo 7–8 — Mateo 15:1-20)


