Cada uno de
nosotros es una persona única y singular. Algunas veces bromeamos con otros
diciéndoles: «Después de hacerte, Dios rompió el molde». De hecho, cada uno de
nosotros ha sido formado en un molde único. Nunca ha habido y nunca habrá nadie
exactamente igual a ti o a mí. Sin embargo, al comienzo de su vida, la persona
está, como si dijéramos, cerrada, como el capullo de una flor o la yema de una
planta. Sólo cuando el capullo de la flor reciba el calor del sol y el alimento
de la tierra, se abrirá y pondrá de manifiesto toda la belleza latente que
tiene dentro de sí. Análogamente, también los seres humanos, al comienzo de la
vida, deben recibir el calor del amor humano, la seguridad y el alimento del
afecto de sus padres, para abrirse y poner de manifiesto la singular belleza de
la que Dios ha dotado a cada individuo.
Sabemos que si unas fuerzas hostiles, como una
helada inesperada, dañan el capullo de una flor, éste no se abrirá. Del mismo
modo, una persona que viva sin el calor y el aliento del amor y que deba
soportar la escalofriante ausencia del elogio y el afecto, permanecerá
encerrada en sí misma. Las dinámicas de la personalidad se verán obstruidas. Y
si las dinámicas de la personalidad se ven seriamente bloqueadas, el resultado
será lo que los psicólogos denominan neurosis. Aunque hay muchas descripciones
válidas de la neurosis, ésta se reconoce básicamente por la paralizante
incapacidad de relacionarse bien con los demás, de acercarse a ellos y de aceptarlos
como son sin temor al rechazo. –De WHY AM
I AFRAID TO LOVE?
JOHN POWELL – (DEV. “LAS ESTACIONES DEL CORAZÓN”)


