sábado, 12 de enero de 2019

Las estaciones 12 enero





Es un hecho que no podemos amar a los demás si no nos amamos a nosotros mismos, y así es precisamente como el mandamiento del Señor nos dice que amemos a nuestro prójimo. Una versión psicológica de este mandamiento podría perfectamente decir: «Ámate a ti mismo y amarás a tu prójimo. Niégate a amarte a ti mismo y no serás capaz de amar a tu prójimo». El Jesús al que yo conozco nos dice con insistencia que prescindamos de los platillos de nuestra balanza, que dejemos de sopesar lo que damos y lo que recibimos, que hagamos del amor la norma y la razón de nuestra vida. «Amaos los unos a los otros como yo os he amado». Y más adelante Jesús nos asegura: «Dichosos seréis si lo cumplís» (Juan 13, 17). Sin embargo, es de crucial importancia caer en la cuenta de que nuestra actitud hacia nosotros mismos determina nuestra capacidad activa de amar a los demás. La dura realidad es que sólo en la medida en que nos amemos a nosotros mismos podremos amar verdaderamente a los demás, incluido Dios.

Si nuestra actitud hacia nosotros es mutiladora, nuestra capacidad de amar se ve proporcionalmente menoscabada. El dolor causado por una pobre autoimagen es como una violenta guerra civil en nuestro interior que centra toda nuestra atención en nosotros mismos y nos deja muy escasa libertad para ir hacia los demás. Cuando sufrimos, incluso por algo tan simple como un dolor de muelas, estamos mínimamente disponibles para los demás. Si nuestra actitud hacia nosotros mismos nos provoca el dolor del vacío, no tenemos ni fuerzas ni deseos de ir hacia los demás. Sin embargo, a medida que esa actitud hacia nosotros mismos se vaya haciendo más positiva y alentadora, nuestro dolor se irá reduciendo en la misma proporción, y seremos más libres para interpretar las necesidades de los que nos rodean y responder a ellas. En suma, cuanto mejor sea nuestra autoimagen, tanto mayor será nuestra capacidad de amar. Por el contrario, cuanto mayor sea la influencia del dolor, tanto menor será nuestra capacidad de amar y de preocuparnos por los demás. –De THE CHRISTIAN VISION.



JOHN POWELL – (DEV. “LAS ESTACIONES DEL CORAZÓN”)









TRADUCCIÓN