Es un hecho que
no podemos amar a los demás si no nos amamos a nosotros mismos, y así es
precisamente como el mandamiento del Señor nos dice que amemos a nuestro
prójimo. Una versión psicológica de este mandamiento podría perfectamente
decir: «Ámate a ti mismo y amarás a tu prójimo. Niégate a amarte a ti mismo y
no serás capaz de amar a tu prójimo». El Jesús al que yo conozco nos dice con
insistencia que prescindamos de los platillos de nuestra balanza, que dejemos
de sopesar lo que damos y lo que recibimos, que hagamos del amor la norma y la
razón de nuestra vida. «Amaos los unos a los otros como yo os he amado».
Y más adelante Jesús nos asegura: «Dichosos seréis si lo cumplís» (Juan 13, 17).
Sin embargo, es de crucial importancia caer en la cuenta de que nuestra actitud
hacia nosotros mismos determina nuestra capacidad activa de amar a los demás.
La dura realidad es que sólo en la medida en que nos amemos a nosotros mismos
podremos amar verdaderamente a los demás, incluido Dios.
Si nuestra actitud hacia nosotros es mutiladora,
nuestra capacidad de amar se ve proporcionalmente menoscabada. El dolor
causado por una pobre autoimagen es como una violenta guerra civil en nuestro
interior que centra toda nuestra atención en nosotros mismos y nos deja muy
escasa libertad para ir hacia los demás. Cuando sufrimos, incluso por algo tan
simple como un dolor de muelas, estamos mínimamente disponibles para los demás.
Si nuestra actitud hacia nosotros mismos nos provoca el dolor del vacío, no
tenemos ni fuerzas ni deseos de ir hacia los demás. Sin embargo, a medida que
esa actitud hacia nosotros mismos se vaya haciendo más positiva y alentadora,
nuestro dolor se irá reduciendo en la misma proporción, y seremos más libres
para interpretar las necesidades de los que nos rodean y responder a ellas. En
suma, cuanto mejor sea nuestra autoimagen, tanto mayor será nuestra capacidad
de amar. Por el contrario, cuanto mayor sea la influencia del dolor, tanto
menor será nuestra capacidad de amar y de preocuparnos por los demás. –De THE CHRISTIAN VISION.
JOHN POWELL – (DEV. “LAS ESTACIONES DEL CORAZÓN”)


