“(Jesús dijo:) El que bebiere del agua
que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él
una fuente de agua que salte para vida eterna.” Juan 4:14
(Leer 1 Samuel 16 – Mateo 13:24-43 –
Salmo 13 – Prov. 4:1-6)
Ese día Jesús
hizo el recorrido entre Judea y Galilea. El camino directo pasaba por Samaria,
donde Jesús quería encontrar una persona cuyas necesidades él conocía. En esta
tierra marcada por el sufrimiento debido al desconocimiento de Dios, Jesús se
detuvo, cansado. Sentado al borde de un pozo, esperó a alguien.
Era una mujer,
semejante a muchas otras: su vida era complicada, la mirada de los demás la
hacía más difícil todavía. Ella se aferraba a sus pequeñas certezas: su
cántaro, el pozo de Jacob, su religión...
¡Cuán difícil
es salir de nuestras propias opiniones y creencias! Jesús se puso a su alcance
con humildad y dulzura: estaba cansado, tenía sed, pidió de beber... Pero es él
quien da el agua viva, quien sacia la sed del alma, quien examina a fondo el
corazón. Esta mujer testificaría: “Me ha dicho todo cuanto he hecho” (Juan
4:29).
Jesús hace tomar conciencia de las verdaderas
necesidades, y vino para colmarlas. Presentó a esa mujer el don de Dios,
el don de la vida, una fuente de agua “que salte para vida eterna” (v. 14), el
Espíritu como un río de agua viva (cap. 7:38). Le dio la convicción de que Dios
la buscaba para hacerla entrar en la relación maravillosa de hija de Dios.
Jesús dijo a
esa mujer: “La hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores
adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales
adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en
espíritu y en verdad es necesario que adoren” (cap. 4:23-24). Dios el Padre desea
ser adorado “en espíritu y en verdad” por sus hijos, ¡por personas como usted y
yo!
EDICIONES BÍBLICAS – (DEVOCIONAL “LA BUENA SEMILLA”)


