“Jesús fue a Nazaret, donde se había
criado, y en el día de reposo entró en la sinagoga, como era su costumbre, y se
levantó a leer las Escrituras. Se le dio el libro del profeta Isaías, y al
abrirlo encontró el texto que dice: «El Espíritu del Señor está sobre mí. Me ha
ungido para proclamar buenas noticias a los pobres; me ha enviado a proclamar
libertad a los cautivos, a dar vista a los ciegos, a poner en libertad a los
oprimidos y a proclamar el año de la buena voluntad del Señor.» Enrolló luego el
libro, se lo dio al asistente, y se sentó. Todos en la sinagoga lo miraban
fijamente. Entonces él comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura
delante de ustedes.»” Lucas 6:16-21
Este
acontecimiento en una sinagoga de Nazaret tuvo lugar después de que Jesús
regresara del desierto de Jordania a Galilea. Allí, guiado por el Espíritu
Santo, Jesús había ayunado por 40 días durante los cuales fue objeto de las
tentaciones de Satanás. Su regreso a Galilea fue recibido con mucha fanfarria y
su predicación en las sinagogas fue alabada por todos. A esa altura, las cosas
se veían bien para el hijo del carpintero. Sigue así y no tendrás opositores,
deben haber pensado algunos.
Pero, por
supuesto, el halago de los hombres era lo último que Jesús estaba buscando.
"Hoy se ha
cumplido esta Escritura delante de ustedes", ¡por cierto una declaración
sumamente audaz! Mientras que algunos se maravillaban y se acercaban para
escuchar más, otros retrocedían ante la afirmación de Jesús. Casi que se los
puede oír decir: "¡Perdón, pero ¿qué estás diciendo? ¿Acaso no eres un
comerciante común y corriente? ¿Qué te da derecho a decir eso?!"
Jesús no
necesitó más para comenzar a citar textos bien conocidos de I y II Reyes (en el
Antiguo Testamento) que hablan de Elías y la viuda de Sarepta y de Eliseo y el
leproso de Siria, dos instancias en las cuales Dios va más allá de su pueblo
elegido, llegando a gentiles cercanos que estaban dispuestos a recibirlo.
Pero los judíos
no quisieron saber nada de eso. "Se levantaron, le echaron fuera de la
ciudad, y lo llevaron hasta la cumbre del monte sobre el que estaba edificada
la ciudad, para despeñarlo" (Lucas 4:29).
¡Qué
trágicamente triste!
Si supieran que
ese era él, Jesús, ungido con el Espíritu Santo. Era él, Jesús, designado para proclamar
preciosas buenas nuevas a los pobres y oprimidos. Era él, Aquél que proclama
libertad a los cautivos, que pone en libertad a los oprimidos espiritualmente y
que sana a quienes sufren físicamente. Ese era él, el Señor Jesucristo, el tan
esperado Mesías de Israel, con cuya llegada se cumplían todas las expectativas
proféticas.
ORACIÓN. Señor Jesús, abre nuestros ojos para
que veamos quién eres y lo que has hecho por nosotros. En tu nombre oramos.
Amén.
Paul Schreiber
PARA EL CAMINO – (DEVOCIONAL “ALIMENTO DIARIO”)


