“En la multitud de mis pensamientos dentro de
mí, tus consolaciones alegraban mi alma.” Salmo 94:19 (Leer
Salmo 94:2, 16-23)
Mientras esperaba en la estación de trenes,
para ir a trabajar, pensamientos negativos empezaron a inundar mi mente: estrés
por las deudas, comentarios desagradables que me habían hecho, impotencia
frente a una injusticia que un miembro de mi familia había sufrido
recientemente. Cuando llegó el tren, ya estaba de muy mal humor.
Mientras viajaba, me vino a la mente otro
pensamiento: escribirle una nota a Dios, contándole mi tristeza. Poco después,
luego de volcar mis quejas en mi diario, saqué mi teléfono y escuché canciones
de alabanza que tenía grabadas. Antes de que me diera cuenta, mi humor había
cambiado por completo.
No tenía idea de que estaba siguiendo un
patrón establecido por el escritor del Salmo 94. Primero, el salmista expresó
sus quejas: «Engrandécete, oh Juez de la tierra; da el pago a los soberbios»; y
«¿Quién se levantará por mí contra los malignos? ¿Quién estará por mí contra
los que hacen iniquidad?» (vv. 2, 16). No
se guardó nada mientras hablaba con Dios sobre las injusticias. Y luego, pasó
a la alabanza: «Mas el Señor me ha sido por refugio, y mi Dios por roca de mi
confianza» (v. 22).
Dios nos invita a entregarle nuestros
lamentos. Él puede convertir nuestros miedos, tristezas e impotencias en
alabanza.
Señor, derramo ante ti mi corazón. Toma mi
dolor y mi enojo, y concédeme tu paz.
La alabanza tiene el poder de alivianar las
cargas.
(La Biblia en un año: Éxodo 19–20
— Mateo 18:21-35)


