“Sed todos de un mismo sentir,
compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables; no devolviendo
mal por mal, ni maldición por maldición, sino por el contrario, bendiciendo.” 1ª
Pedro 3:8-9
(Leer 1 Samuel 23 – Mateo 18:15-35 –
Salmo 18:7-15 – Prov. 6:1-5)
Desde el
nacimiento del cristianismo, la Iglesia es constituida por creyentes de todas
las lenguas y naciones. Esos cristianos de diversos orígenes étnicos, sociales,
culturales, que a menudo tienen muchas diferencias que pueden separarlos, son
llamados a vivir juntos en armonía.
Unidos a su
común Salvador y Señor por el Espíritu Santo, lo aman, le obedecen y reflejan
sus caracteres. El apóstol Pedro los anima a vivirlo de forma práctica también:
– Sed “de un
mismo sentir” (1ª Pedro 3:8), el sentimiento que animaba al Señor Jesús cuando
estaba en la tierra: olvidarse de sí mismo para poder servir a los demás (ver
también Filipenses 2:1-8).
– Sed
“compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos” (v. 8); es el amor en acción, que toma a pecho los
problemas de los demás para acudir en su ayuda.
– Sed
“amigables”, recordando que deben todo a la gracia de Dios.
– “No
devolviendo mal por mal” (v. 9); el discípulo de Cristo sigue el ejemplo de su
Maestro, “quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando
padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente” (cap.
2:23).
El apóstol
Pablo también presenta tales exhortaciones: “Vestíos de amor, que es el vínculo
perfecto”, y agrega: “La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros”
(Colosenses 3:14, 16). Cristianos, ¿nosotros también deseamos, mediante la
práctica del amor y de la obediencia, mostrar al Señor que lo amamos?
EDICIONES BÍBLICAS – (DEVOCIONAL “LA BUENA SEMILLA”)


