“Por causa de Sion y de Jerusalén no
callaré ni descansaré, hasta que su justicia brille como la aurora y su
salvación alumbre como una antorcha. Entonces las naciones verán tu justicia;
todos los reyes contemplarán tu gloria. Entonces recibirás un nombre nuevo, que el Señor mismo te
pondrá. En la mano del Señor serás una hermosa corona; en la mano de tu Dios
serás una regia diadema.” Isaías 62:1-3
¿Alguna vez has
notado cuánto atraen a las personas las cosas brillantes? No importa si es oro,
plata, diamantes o incluso vidrio; si algo brilla, nos encanta, atrae nuestra
atención; hace que queramos verlo más de cerca e incluso llevarlo a casa, si es
posible.
El profeta
Isaías usa un lenguaje brillante para hablar sobre el pueblo de Dios. Él dice
que está esperando el momento en que nuestra "justicia brille como la
aurora y [nuestra] salvación alumbre como una antorcha... serás una hermosa
corona; en la mano de tu Dios serás una regia diadema."
¿De qué
justicia está hablando? De lo que Jesús ha hecho por nosotros y por todos los
que creen en él: Jesús ha quitado nuestro pecado y nos ha hecho criaturas
nuevas y hermosas de Dios. Lo hizo cuando tomó nuestra maldad sobre sí mismo y
la destruyó a través de su muerte en la cruz, y cuando resucitó de entre los muertos
también nos resucitó a nosotros de la muerte, puros y sin mancha a los ojos de
Dios.
Gracias a la salvación de Jesús ahora brillamos, e
Isaías espera que el mundo se dé cuenta. "Las naciones verán tu justicia;
todos los reyes contemplarán tu gloria", dice. El Espíritu Santo de Dios
brilla a través de nosotros. Cuando él vive en y a través de nosotros, nos
volvemos tan notorios y atractivos como una corona en la mano de alguien.
¿Quién podría resistir mirarnos más de cerca? ¡Qué gran cosa ha hecho Dios por
nosotros!
Pero Dios está
haciendo algo más grande aún por nosotros, y que también nos hace más humildes.
Isaías dice: "Serás una hermosa corona; en la mano de tu Dios serás una
regia diadema." Todos sabemos que las coronas no están destinadas a estar en
la mano de alguien, sino que van en la cabeza. Si Dios lleva una corona en este
pasaje, es porque debe querer dársela a alguien, ¿no es cierto?
Pero ¿a quién?
¿Quién más podría ser, sino nuestro Señor Jesucristo? Nosotros somos la corona
que él ha ganado a través de sus sufrimientos y muerte. Y esta es la paradoja:
la mayoría de las coronas honran a quien las usa, pero en este caso, Jesús nos
honra a nosotros. No somos dignos, por naturaleza no somos nada más que una
corona de espinas; pero él nos ha hecho su propia corona de belleza.
ORACIÓN. Gracias, Señor, por hacernos tuyos y
darnos tu belleza. Amén.
Dr. Kari Vo
PARA EL CAMINO – (DEVOCIONAL “ALIMENTO DIARIO”)


