“Bienaventurados los pobres en espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.” Mateo 5:3
“Bienaventurado el que piensa en el
pobre; en el día malo lo librará el Señor.” Salmo 41:1
(Leer 1 Samuel 22 – Mateo 18:1-14 –
Salmo 18:1-6 – Prov. 5:21-23)
Las bienaventuranzas
Las bienaventuranzas
expresadas por el Señor Jesús en el evangelio de Mateo (cap. 5:3-12) hacen eco
a las numerosas bienaventuranzas del Antiguo Testamento. Se trata de promesas
que Jesús hizo a sus discípulos, y son válidas para todos los que ponen su
confianza en él.
Esas promesas
de felicidad nos sorprenden y tal vez nos desafían. ¿Cómo puede uno estar
verdaderamente feliz cuando pasa por las aflicciones mencionadas en Mateo 5?
Jesús nos dio ejemplo y comprende nuestros sufrimientos. Él no menosprecia
nuestras lágrimas, pero nos promete una felicidad duradera, incluso eterna,
porque esa felicidad refleja ya algo del “reino de los cielos”.
Esta es la
promesa de la primera bienaventuranza: “Bienaventurados los pobres (o los
humildes) en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. Esta promesa
del reino de Dios no es anunciada a los que se creen ricos, a los que están
satisfechos de sí mismos y a menudo son orgullosos, sino a los humildes, a los
que no tienen nada que hacer valer, ni buenas intenciones, ni actos generosos.
Van a Dios con las manos vacías, para recibir por la fe su perdón y entrar en
su reino.
Ese reino
designa una realidad nueva inaugurada por la venida de Jesús. Esa realidad
aparece donde no domina más la contienda, los celos, sino la justicia, la paz,
el gozo (Romanos 14:17). Nace primeramente en nuestro corazón, cuando
reconocemos el señorío de Cristo, la autoridad de su amor en nuestra vida.
(Continuará el
próximo lunes)
EDICIONES BÍBLICAS – (DEVOCIONAL “LA BUENA SEMILLA”)


