“… [Nada] nos podrá separar del amor de Dios…”
Romanos 8:39 (Leer Oseas 11:8-11)
«¿A qué cosa no puedes renunciar?», preguntó
el presentador de radio. Los oyentes llamaban, dando respuestas interesantes.
Algunos mencionaron a sus familias; incluso un esposo compartió recuerdos de su
esposa fallecida. Otros dijeron que no podían renunciar a sus sueños, como ganarse
la vida con la música o llegar a ser madre. Todos tenemos algo que atesoramos,
que no podemos dejar: una persona, una pasión, un bien.
En la profecía de Oseas, Dios nos dice que no
renunciaría a Israel, su pueblo escogido, su posesión preciada. Como un esposo
amoroso, le proveería todo lo necesario. No obstante, Israel lo rechazó y buscó
su alegría y seguridad en otra parte. Cuanto más buscaba Dios a la nación, esta
más se alejaba (Oseas 11:2). Aunque lo había lastimado profundamente, Él no la
abandonaría (v. 8), sino que la disciplinaría para redimirla y restablecer su
relación con ella (v. 11).
Hoy, todos los hijos de Dios pueden tener la misma
seguridad: su amor por nosotros es tal que nunca nos dejará ir (Romanos 8:37-39). Si nos hemos alejado, Él anhela que
volvamos. Cuando el Señor nos disciplina, podemos estar tranquilos de que esto
es una señal de que está buscándonos; no significa que nos rechaza. Somos su
tesoro y no renunciará a nosotros.
Padre, gracias porque en tu amor, nunca me
abandonas.Ayúdame a
amarte de corazón.
Un hijo de Dios es bienvenido a casa siempre.
(La Biblia en un año: Génesis 41–42
— Mateo 12:1-23)


