“Dios es amor.” 1ª Juan 4:8
“Siendo enemigos, fuimos reconciliados
con Dios por la muerte de su Hijo.” Romanos 5:10
(Leer Jueces 8 – Apocalipsis 9 – Salmo 143:1-6
– Prov. 30:1-4)
Acababa de
producirse la catástrofe. Adán y Eva habían escuchado las mentiras de Satanás,
quien ponía en duda la palabra de Dios. Desobedecieron a Dios. Entonces
tuvieron miedo y se escondieron de él. Pero Dios los buscó e hizo preguntas a
Adán sobre lo que había sucedido. La respuesta es significativa: “La mujer que
me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí” (Génesis 3:12). En otras
palabras, Adán echó la culpa primero a Dios y luego a su mujer.
¡Hoy el hombre
tiene la misma actitud frente a Dios! El sufrimiento es la consecuencia directa
del pecado del hombre. Sin embargo, nuestro primer reflejo es acusar a Dios.
Las guerras que destruyen el mundo muestran que el hombre se alejó del Dios de
amor. ¿Debemos echarle la culpa si poblaciones enteras se destruyen, si los
niños sufren? Muchas personas mueren de hambre mientras otras despilfarran. Todos esos males son la consecuencia de la
rebelión contra Dios. ¿Haremos responsable a Dios por nuestra mala
administración de los recursos naturales?
Y si Dios habla
a la humanidad mediante catástrofes naturales, ¿no será para llamarla a
volverse a él? Sin embargo, más que nunca, el hombre pone a su Creador en el
banquillo de los acusados. ¡En su locura se permite pedirle cuentas!
A pesar de
todo, Dios ama a su criatura que se rebeló contra él. Para liberarla de las
consecuencias del pecado, sacrificó a su propio Hijo. Lo castigó en la cruz en
nuestro lugar, para poder perdonarnos. En vez de acusar a Dios, confesémosle
nuestro pecado, nuestro alejamiento, nuestra desobediencia, y aceptemos su
gracia.
EDICIONES BÍBLICAS - (DEVOCIONAL “LA BUENA SEMILLA”)


