“El hará volver
el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los
padres…” Malaquías 4:6 (Leer Efesios 4:31-32)
Mi padre era un buen padre, y yo, por lo general, era un
hijo responsable. Pero nunca dejé que él tuviera lo que podría haberle dado: a
mí mismo.
Él era callado y yo también. A menudo, trabajábamos
durante horas juntos, y apenas cruzábamos algunas palabras. Él nunca
preguntaba, y yo jamás le contaba mis deseos y sueños más profundos, mis
esperanzas y temores.
Con el tiempo, reaccioné a mi reticencia. Quizá lo
entendí cuando nació mi primer hijo o cuando, uno tras otro, todos ellos
salieron a enfrentar el mundo. Ahora me gustaría haber sido más hijo para mi
padre. Pienso en todo lo que podría haberle contado; y todo lo que él podría
haber compartido conmigo. En su funeral, junto a su féretro, luchaba para
entender qué sentía. «Es demasiado tarde, ¿no?», dijo mi esposa en voz baja.
«Exactamente», respondí.
Mi consuelo
está en que podremos arreglar las cosas en el cielo porque, ¿no es allí donde
no habrá lágrimas? (Apocalipsis 21:4).
Para los creyentes en Cristo, la muerte no es el fin de
los afectos, sino el principio de una existencia eterna en la que no habrá más
malos entendidos; donde se sanarán todas las relaciones y donde el amor crecerá
para siempre. Allí, los corazones de los hijos se volverán a los padres, y el
de los padres a los hijos (Malaquías 4:6).
Señor, ayúdame a conectarme más con los demás.
Con el poder y el amor de Dios, acércate a los demás
mientras haya tiempo.
(La Biblia en
un año: Jeremías 43–45 — Hebreos 5)
DAVID H. ROPER -
(DEVOCIONAL “NUESTRO PAN DIARIO")


