“Porque
si primero hay la voluntad dispuesta, será acepta según lo que uno tiene…” 2ª
Corintios 8:12 (Leer 2ª Corintios 8:1-12)
Mi amiga estaba ansiosa por reunir a su familia y amigos
para una fiesta en su casa. Todos los invitados deseaban estar juntos alrededor
de esa mesa, y querían colaborar llevando alguna comida para compartir los
gastos. Algunos llevarían pan, otros, ensalada o algún plato adicional. Pero
una de las invitadas no tenía casi nada de dinero. Aunque ansiaba pasar esa
noche con sus seres queridos, no podía comprar nada para llevar. Entonces, se
ofreció para, a cambio, limpiar la casa de la anfitriona.
La habrían recibido igual en la mesa aunque hubiese ido
con las manos vacías. Sin embargo, ella pensó en lo que tenía para ofrecer —su
tiempo y talentos—, y lo llevó de todo corazón al encuentro. Creo que esto es
exactamente lo que quiso decir Pablo en 2ª Corintios 8. Los creyentes estaban ansiosos de ayudar a algunos hermanos en la fe,
y él los instó a concretar ese esfuerzo. Los elogió por su deseo y disposición,
diciéndoles que su motivación a dar es lo que hace aceptable una ofrenda de
cualquier monto o medida (v. 12).
A menudo, tenemos la tendencia a comparar lo que damos
con lo de los demás; en especial, cuando no podemos dar tanto como querríamos.
Pero Dios lo ve distinto; lo que Él ama es nuestra disposición a dar.
Señor, gracias por todo lo que primero me has dado a mí.
Que pueda dar generosamente a otros.
A Dios le encanta lo que se da de corazón, sin importar
cuánto sea.
(La Biblia en
un año: Ezequiel 18–19 — Santiago 4)


