“Y Jesús,
teniendo misericordia de él, extendió la mano y le tocó…” Marcos 1:41 (Leer Marcos 1:40-45)
El Dr. Paul Brand, pionero de la obra misionera en el
siglo XX como médico en la India, fue testigo del estigma asociado con la
lepra. Durante una consulta, tocó a un paciente para asegurarle que era posible
tratar su enfermedad. Lágrimas empezaron a caer por el rostro del hombre.
Entonces, un asistente le explicó: «Usted lo tocó, y nadie lo había hecho en
años. Sus lágrimas son de gozo».
Al principio de su ministerio, Jesús se acercó a un
hombre con lepra; nombre que se le daba a toda clase de enfermedades de la
piel. Según el Antiguo Testamento, aquel hombre debía vivir fuera de la
comunidad. Si, accidentalmente, se acercaba a personas sanas, debía gritar:
«¡Inmundo! ¡Inmundo!» (Levítico 13:45-46), para que lo evitaran. Por eso, había
pasado años sin contacto con nadie.
Lleno de
compasión, Jesús lo tocó con su poder y autoridad para sanar con solo una
palabra (Marcos 2:11-12). A ese hombre aislado y
rechazado, el toque de Jesús le aseguró que no estaba solo, sino aceptado.
En las oportunidades que Dios nos da, podemos extender su
gracia y mostrar amor con un toque amable que transmita dignidad y valía. El
sencillo poder sanador del contacto humano ayuda mucho a que aquellos que
sufren sepan de nuestro interés y cuidado.
Señor, ayúdame a seguir tu ejemplo de compasión con mis
acciones.
Interesarse por los demás podría incluir un toque
compasivo.
(La Biblia en
un año: Ezequiel 5–7 — Hebreos 12)
DAVE BRANON -
(DEVOCIONAL “NUESTRO PAN DIARIO”)


