“También les refirió Jesús una parábola
sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar.” Lucas 18:1
“Perseverad en la oración, velando en
ella con acción de gracias.” Colosenses 4:2
“Mas tú, cuando ores, entra en tu
aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre.” Mateo 6:6
(Leer Josué 8 – Hebreos 9:15-28 –
Salmo 128 – Prov. 28:3-4)
Para orar es
preferible estar en un lugar tranquilo, pero podemos orar en todo tiempo y en
todo lugar. ¡Nos dirigimos a Dios! Él está ahí, a nuestro lado, como un Padre
que nos escucha. Hablémosle en voz alta o interiormente, a nuestra manera, de
forma sencilla. Oremos desde lo más profundo de nuestro interior, con
sinceridad, pues es necesario que la oración venga del corazón.
La oración no
consiste en enumerar una lista de necesidades espirituales o materiales. Se
trata más bien de un diálogo en una relación de confianza con mi Dios, mi Padre.
La oración puede tener diferentes caracteres, según lo que expreso a Dios.
Podemos:
– adorar al reconocer la grandeza de
Dios en la naturaleza, y aún mucho más en la obra de Jesucristo;
– reconocer nuestros pecados y
confesarlos sin ocultar nada;
– darle las gracias por todo lo que el
Señor nos da, incluso lo que parece natural;
– pedir expresando con simplicidad
nuestras necesidades, nuestras preocupaciones;
– interceder por los demás;
– escuchar las respuestas de nuestro
Dios. No es que nos hable de forma audible, sino que el Espíritu Santo “habla”
a la mente del cristiano, en la tranquilidad de esos momentos de intercambio
con él. Dios también nos habla, y sobre todo mediante versículos de la Biblia
que pueden venir a nuestra memoria o, por supuesto, cuando la leemos.
EDICIONES BÍBLICAS - (DEVOCIONAL “LA BUENA SEMILLA”)


