“Y el mundo
pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.”
1ª Juan 2:17 (Leer Salmo 103:13-22)
Cuando iba a la escuela secundaria, jugaba en el equipo
intercolegial de tenis. Pasé muchas horas de mi adolescencia tratando de
mejorar mi juego en cuatro canchas de cemento ubicadas a dos cuadras de mi
casa.
La última vez que visité la ciudad, una de las primeras
cosas que hice fue ir hasta las canchas de tenis, esperando ver a otros jugando
y traer recuerdos a mi mente por unos instantes. Pero las viejas canchas, tan
familiares para mí, ya no estaban. Solo había un campo vacío, habitado tan solo
por unas malezas que ondeaban silenciosamente con la brisa.
Aquella tarde ha quedado en mi mente como un fuerte
recordatorio de la brevedad de la vida. ¡Uno de los lugares donde había
dedicado parte de mi fortaleza juvenil no existía más! Con el tiempo, reflexionar en esa experiencia me llevó a esta verdad,
expresada por el anciano rey David: «El hombre, como la hierba son sus
días; florece como la flor del campo, que pasó el viento por ella, y pereció, y
su lugar no la conocerá más. Mas la misericordia del Señor es desde la
eternidad y hasta la eternidad sobre los que le temen» (Salmo 103:15-17).
Todos envejecemos, y el mundo que nos rodea puede
cambiar, pero el amor de Dios permanece inalterable. Podemos confiar en que Él
se ocupa de nosotros siempre.
Señor, ¡gracias porque tu amor no cambia nunca!
En nuestro mundo cambiante, siempre podemos depender de
nuestro Dios que no cambia.
(La Biblia en
un año: Proverbios 1–2 — 1ª Corintios 16)
JAMES BANKS -
(DEVOCIONAL “NUESTRO PAN DIARIO")


