“Entonces Moisés respondió a Dios: ¿Quién soy yo para que
vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel? Y él respondió: Ve,
porque yo estaré contigo; y esto te será por señal de que yo te he enviado:
cuando hayas sacado de Egipto al pueblo, serviréis a Dios sobre este monte.
Dijo Moisés a Dios: He aquí que llego yo a los hijos de Israel, y les digo: El
Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntaren: ¿Cuál es su nombre?,
¿qué les responderé? Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así
dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros.” Éxodo 3:11-14
Dios había encomendado a Moisés la misión de liberar al
pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto. Moisés se consideró totalmente
incapaz de ejecutar una encomienda de tal magnitud, y comenzó a argumentar con
Dios acerca de sus calificaciones (o más bien la falta de ellas) para una
misión de esa envergadura. Cuando Moisés le preguntó a Dios qué les diría a los
que le preguntaran el nombre del que lo envió, el Señor le contestó de una
manera que manifiesta su omnipotencia, su omnisciencia, su omnipresencia, su
soberanía, su carácter eterno: “YO SOY EL QUE SOY”. Dios no tiene ayer. Tampoco
tiene mañana. Dios está eternamente en tiempo presente. El siempre será como él
es y como él revela que es. Su nombre es “YO SOY”. Así es que él siempre trata
con nosotros en presente.
Es maravilloso que Dios nos haya bendecido en el pasado.
Y confiamos en que nos bendecirá en el futuro. Pero cuando clamamos a él por su
ayuda, lo hacemos en el momento presente. Dice Hebreos 4:16: “Acerquémonos,
pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar
gracia para el oportuno socorro.” En la versión original en griego, la frase
“para el oportuno socorro” se traduce “en el momento crucial”, justo cuando y
donde necesitamos la gracia de Dios. El Señor siempre está dispuesto a
brindarnos la ayuda que necesitamos. Sus misericordias “nuevas son cada mañana”,
dice Lamentaciones 3:23. Su gracia se manifiesta día a día.
Cuando el pueblo de Israel caminaba por el desierto, Dios
quería que ellos dependieran de él y confiaran en él. Cada día les proveía
suficiente pan (el maná). No debían acumular más que la provisión de un día a
la vez. Si alguno no hacía caso, la cantidad que acumulaba para el día
siguiente se echaba a perder llenándose de gusanos. Dios les dijo que
descansaran el sábado. Las instrucciones eran que acumularan maná para sábado y
domingo. Aquellos que no seguían las instrucciones, al día siguiente no
encontraban nada para comer. Los que obedecían, encontraban que la cuota del
segundo día no se echaba a perder ni tenía gusanos. De esta manera ellos
aprendieron que Dios era su proveedor, y que era muy importante que ellos
mantuvieran una comunicación diaria con él.
David, el hombre que Dios dijo era “conforme a su
corazón”, dice en el Salmo 68:19: “Bendito el Señor; cada día nos colma de
beneficios el Dios de nuestra salvación.” Pero también él declara su diaria
alabanza y adoración al Señor: “Cada día te bendeciré, y alabaré tu nombre
eternamente y para siempre.” (Salmo 145:2). Cuando Jesús enseñó a sus
discípulos la oración modelo, les dijo que pidieran el alimento de la siguiente
manera: “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.” (Mateo 6:11). Y en Mateo
6:34, Jesús enseña: “Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día
de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal.” El énfasis de Jesús
es en el día de hoy, no en el de mañana. A través de toda la Biblia vemos que
Dios quiere una relación diaria con nosotros, no una vez a la semana o una vez
al mes. Por eso el salmista declara: “Una cosa he demandado al Señor, ésta
buscaré; que esté yo en la casa del Señor todos los días de mi vida, para
contemplar la hermosura del Señor, y para inquirir en su templo.” (Salmo 27:4).
Hazte el firme propósito de pasar un tiempo de comunión
con Dios todos los días. No permitas que los afanes y las preocupaciones te lo
impidan. Lee la Biblia, medita en lo que lees, ora, conversa tranquilamente con
el Señor. De esta manera irás creando una relación íntima con tu Padre
celestial que resultará en una vida de gozo y de profunda paz.
ORACIÓN: Padre santo, te ruego pongas en mi corazón el deseo de
venir a tus pies cada día de mi vida para conocerte más y adorarte como sólo tú
mereces. Gracias porque día tras día tú me provees de todo lo que necesito. En
el nombre de Jesús, Amén.
ENRIQUE SANZ - (DEVOCIONAL "DIOS TE HABLA")


