LA CRUZ ES NECESARIA PARA NUESTRA SUMISIÓN
1. Estas cosas deben mencionarse para
que, las mentes devotas sean guardadas de la desesperación y no renuncien a sus
deseos de paciencia porque no pueden dejar de lado su inclinación natural hacia
la pena. El fin de aquellos que dejan que su paciencia se deslice hasta caer en
la indiferencia de la desesperación. Estas mismas personas dicen que un hombre
es fuerte y valiente cuando hace de sí mismo un bloque de granito incapaz de
sentir nada. Por el contrario, la Escritura alaba a los santos por su paciencia
cuando son severamente afligidos a causa de sus adversidades, pero no
quebrantados y aplastados por ellas; cuando las adversidades los tienen acongojados, pero sin embargo su razón esta llena de gozo espiritual; cuando
están bajo el peso de la ansiedad y acaban exhaustos, y aun saltan de gozo al
experimentar la consolación divina.
2. Al mismo tiempo existe un verdadero
conflicto en sus corazones, porque sus sentimientos naturales les hacen temer y
tratan de evitar lo que resulta hostil para su experiencia. A pesar de ello,
nuestro celo por la devoción lucha a través de nuestras dificultades, de manera
que nos volvamos obedientes a la divina voluntad. El Señor habló sobre este
conflicto cuando se dirigió a Pedro de la siguiente manera: “De cierto, de
cierto te digo: Cuando eras joven, te ceñías tú mismo, e ibas a donde querías;
más cuando ya seas viejo, extenderás tus manos, y te ceñirá otro, y te llevará
adonde no quieras”. No es probable que Pedro, cuando fue llamado a glorificar a
Dios por medio de su muerte, fuese llevado al martirio con desgana y aversión.
De ser así su martirio habría sido de muy poca alabanza y gloria para el Señor.
En cambio debemos reconocer que, por más que Pedro se hubiera sometido a la
divina voluntad con todo el fervor de su corazón, no se había despojado de sus
sentimientos humanos, motivo por el cual fue perturbado por un conflicto
interno. Seguramente cuando pensaba en la sangrienta muerte que le esperaba, se
estremecía a causa del temor, y, de ser posible, gustosamente hubiese escapado
de ella. Sin embargo, cuando consideraba que Dios le había llamado a morir de
esa manera, su temor se anulaba y se sometía a la voluntad el Señor con
sumisión, y aun con alegría.
3. Por tanto, si deseamos ser discípulos
de Cristo, debemos reverenciar a Dios de tal manera que podamos triunfar sobre
todas las circunstancias, e inclinaciones contrarias y someternos con gozo a su
plan providencial. De esta forma podremos permanecer constantes en nuestra
paciencia, cualquiera que sea la clase de aflicción que tengamos, o aun la más
grande agonía mental. La adversidad nunca dejará de herirnos con su aguijón.
Cuando somos afligidos por la enfermedad, debemos gemir, orar por nuestra
recuperación. Cuando somos agobiados por la parte económica, nos sentiremos. Cuando
somos oprimidos, despreciados y ofendidos, solos y apenados, nos sentiremos
entristecidos y deprimidos. Cuando tengamos que asistir al funeral de nuestros
amigos, derramaremos muchas lágrimas.
4. Sin embargo, no olvidemos este
pensamiento consolador: El Señor planeó nuestras penas, de manera que hemos de
someternos a Él. Aun en los peores momentos de la agonía, los gemidos y las
lágrimas, animémonos con esta reflexión de modo que nuestros corazones puedan
soportar gozosamente las tormentas que azotan nuestro ser.
JUAN CALVINO - (DEV. "EL LIBRO DE ORO DE LA
VERD.")


