miércoles, 17 de enero de 2018

Libro de Oro 17 enero








LA CRUZ NOS HACE HUMILDES



1. Nuestro Señor no fue obligado a llevar la cruz excepto para mostrar y probar la obediencia a su Padre. Pero hay muchas razones por las cuales nosotros debemos vivir bajo la continua influencia de la cruz. Primero, puesto que somos inclinados por naturaleza a atribuirlo todo a la carne, a menos que aprendamos lecciones de nuestra propia estupidez, nos formaríamos fácilmente una noción exagerada de nuestra fuerza, dando por sentado que, pase lo que pase, seguiríamos permaneciendo invencibles. Con esta clase de actitud nos henchiríamos como tontos con una confianza carnal y vana que nos llenaría de orgullo contra Dios, como si nuestro poder fuera suficiente y pudiésemos prescindir de su gracia. No hay ninguna forma mejor de reprimir esta vanidad que probando lo tontos que somos y lo frágil y vulnerable de nuestra naturaleza humana. En este caso, es necesario pasar por la experiencia de la aflicción. Por lo tanto Él nos aflige con humillación, la parte económica, pérdida de seres queridos, enfermedad u otras calamidades. Algunas veces, al ser incapaces de sobrellevar estas cargas, pronto somos sepultados por ellas. Así, siendo humillados aprendemos a apelar a su fortaleza, que es lo único que puede hacernos estar de pie ante tal cantidad de aflicciones.


2. Aun los más grandes santos, sabiendo que solamente pueden ser fuertes en la gracia del Señor, tienen un más profundo conocimiento de sí mismos una vez que han pasado por las muchas pruebas y dificultades de la vida. El mismo David tuvo que decir. “En mi prosperidad dije yo; no seré jamás zarandeado...” (Salmo 30:6). David confiesa que la prosperidad había nublado de tal manera sus sentidos, que dejó de poner sus ojos en la gracia de Dios de la cual debería haber dependido continuamente. En lugar de ello creyó que podía andar en sus fuerzas y se imagino que no caería jamás.


3. Si esto le ocurrió a este gran profeta ¿quién de nosotros no debería ser cuidadoso y temeroso? Si bien en medio de la prosperidad muchos santos se han congratulado con perseverancia y paciencia, cuando la adversidad quebró su resistencia vieron que se habían engañado a sí mismos. Advertidos de tales debilidades por tantas evidencias, los creyentes reciben una gran bendición por medio de la humillación. Despojaos así de su necia confianza en la carne, se refugian en la gracia de Dios, y una vez que lo han hecho, experimentan la cercanía y la comunión de la divina protección, que es para ellos una fortaleza inexpugnable.



JUAN CALVINO - (DEV. "EL LIBRO DE ORO DE LA VERD.")









TRADUCCIÓN