“Dios […] puso
en el corazón de los mortales la noción de la eternidad…” Eclesiastés 3:11 - RVC
(Leer: Eclesiastés 3:10-11)
Durante años, tuvimos una terrier blanca. Estos perritos
son fuertes y la raza fue creada para cavar en los túneles de los tejones y
enfrentar al «enemigo» en su guarida. Una vez, nuestra perra se obsesionó con
un animalito que se escondía debajo de una roca en nuestro patio. Nada podía
disuadirla. Escarbó y escarbó hasta que hizo un túnel que pasaba varios metros
debajo de la roca.
Ahora, considera esta pregunta: ¿Por qué los humanos
buscamos y buscamos? ¿Por qué tenemos que escalar las montañas vírgenes o
esquiar por cuestas casi verticales? ¿Por qué navegamos por los rápidos más
peligrosos y desafiamos las fuerzas de la naturaleza? En parte, por un deseo de
aventura y disfrute, pero es mucho más que eso. Es un instinto de búsqueda de
Dios que llevamos implantado. No podemos no querer encontrar a Dios.
Por supuesto,
no lo sabemos. Lo único que sabemos es que anhelamos algo. «No sabes lo que quieres —dijo Mark Twain—, pero lo
deseas tanto que casi podrías morirte».
Dios es el verdadero hogar de nuestro corazón. Como dijo
el famoso padre de la iglesia, Agustín: «Nos has hecho para ti, Señor, y
nuestro corazón está inquieto hasta que reposa en ti».
¿Y qué es el corazón? Un vacío profundo en nuestro
interior que solo Dios puede llenar.
Señor, ayúdame a reconocer mi profundo anhelo de ti y a
conocerte más.
Debajo de todos nuestros anhelos, hay un profundo deseo
de Dios.
(La Biblia en
un año: Ezequiel 22–23 — 1ª Pedro 1:1-25)
DAVID H. ROPER -
(DEVOCIONAL “NUESTRO PAN DIARIO")


