“…compartir con otros lo que tenéis, porque ésos
son los sacrificios que agradan a Dios.” (Hebreos 13:16 CST)
Cuando Ronald
Reagan era gobernador de California, a veces salía de su oficina temprano y le
decía a su administrador Michael Deaver ‘Tengo que hacer unos recados’. A
Deaver le picó un día la curiosidad así que hojeó la bandeja marcada
“Pendiente” en el escritorio del gobernador. Encima de todo había una carta
arrugada de un soldado estacionado en Vietnam, quien había escrito a Reagan
contándole algo de su vida en el sudeste asiático y diciéndole cuánto echaba de
menos a su esposa. Ese día era su aniversario de bodas y quería que ella
supiera cuanto la amaba y deseaba estar con ella. Aunque le había enviado una tarjeta
le pedía al gobernador si pudiera ser tan amable de llamarle para ver que estaba
bien y transmitirle el amor de su marido, en caso de que no hubiera recibido la
tarjeta.
Al día siguiente Deaver descubrió que Reagan había
hecho mucho más de lo que le había pedido el soldado. Recogió una
docena de rosas rojas y se las llevó a la esposa. El chófer del gobernador le
dijo a Deaver que Reagan trató a la mujer con una actitud muy humilde, le
ofreció las flores en nombre de su amado esposo estacionado en un infierno de
selva al otro lado del mundo y pasó una hora con ella tomando café y hablando
de la familia. La humildad de Ronald Reagan pudo haber sido, de hecho, uno de
los secretos de su constante popularidad. Alguien dijo: “Ser humilde delante de
los superiores es obligación; de los iguales, cortesía; de los inferiores,
nobleza”. Para Dios la grandeza no consiste en grandes gestos sino en pequeños actos de bondad. “Esos son los
sacrificios que agradan a Dios” (Hebreos 13:16 CST).
BOB Y DEBBIE GASS - (Devocional "LA PALABRA
PARA HOY")


