“Te alabaré, oh
Jehová” Salmo 9:1
La alabanza debiera siempre seguir a la oración contestada, así como la
niebla de la gratitud terrestre se eleva cuando el sol del amor celestial
calienta el suelo. ¿Ha sido el Señor misericordioso para contigo y ha inclinado
su oído a la voz de tu súplica? Entonces alábalo mientras vivas. Deja que el
fruto maduro caiga al fértil suelo de donde extrajo su vida. No niegues un
canto al que contestó tu oración y te dio el deseo de tu corazón. Estar callado
frente a las bendiciones de Dios es incurrir en la ingratitud; es obrar tan
vilmente como los nueve leprosos, quienes, después de haber sido curados, no
volvieron para dar gracias al Señor que los había sanado. Descuidar la alabanza
a Dios es rehusar beneficiarnos a nosotros mismos, pues la alabanza, igual que
la oración, es un poderoso medio para estimular el crecimiento en la vida
espiritual. La alabanza nos ayuda a
quitar nuestras cargas; a alentar nuestra esperanza y acrecentar nuestra fe.
La alabanza es un ejercicio saludable y vigorizador que aviva el pulso del
creyente, y le da fuerzas para realizar nuevas hazañas en el servicio del
Maestro.
El bendecir a Dios por las bendiciones recibidas es, además, el medio para
bendecir a nuestros prójimos: “Lo oirán los mansos y se alegrarán”. Otros, que
han pasado por las mismas circunstancias, tomarán aliento si podemos decir:
“Engrandeced a Jehová conmigo, y ensalcemos su nombre a una. Busqué a Jehová y
él me oyó”. Los corazones débiles se fortalecerán y los creyentes desanimados
se reanimarán mientras escuchan nuestros “cánticos de liberación”. Sus dudas y
temores se sentirán censurados mientras nos enseñamos y amonestamos unos a
otros “con salmos, y con himnos, y canciones espirituales”. Ellos también “cantarán
de los caminos de Jehová”, cuando nos oigan magnificar su santo nombre. La
alabanza es el más sublime de los deberes cristianos.
CHARLES
SPURGEON - (Dev. “LECTURAS MATUTINAS”)


