“Vosotros,
pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos” Mateo 6:9
Esta oración empieza donde deben empezar todas las verdaderas oraciones, es
decir, en el espíritu de adopción: “Padre nuestro”. La oración no será aceptable
hasta que digamos: “Me levantaré e iré a mi Padre”. Este espíritu dócil percibe
pronto la grandeza del Padre que está “en los cielos”, y pasa a la fervorosa
adoración: “Santificado sea tu nombre”. El balbuceo infantil: “Abba, Padre” se
cambia en el clamor de los querubines: “Santo, santo, santo”. Hay sólo un paso
entre el culto inspirador y el ardiente espíritu misionero, que es el seguro
resultado del amor filial y de la adoración reverente: “Venga tu reino; sea
hecha tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra”. A continuación
tenemos la sentida expresión de nuestra dependencia de Dios: “Danos hoy nuestro
pan cotidiano”. Además, siendo iluminado por el Espíritu, descubre que no sólo
es dependiente sino pecador; y entonces implora misericordia: “Perdónanos
nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores”.
Después de haber sido perdonado, de
haber obtenido la justicia de Cristo y de conocer que ha sido aceptado por
Dios, pide humildemente al Señor que le dé perseverancia: “No nos metas en
tentación”. El que ha sido perdonado ansía no pecar más; la posesión de la
justificación lo conduce a desear la santificación. “Perdónanos nuestras
deudas”: esto es justificación. “No nos metas en tentación, mas líbranos del
mal”: esto es santificación en su forma positiva y negativa. Como resultado de
todo esto, sigue una triunfante alabanza: “Tuyo es el reino, y el poder, y la
gloria, por todos los siglos. Amén”. Nos gozamos de que nuestro Rey reine
ejerciendo su providencia; y nos gozamos también de que reinará manifestando su
gracia “desde el río hasta los cabos de la tierra”, y de su reino no habrá fin.
Este breve modelo de oración conduce al alma desde la adopción a la comunión
con Jesús.
CHARLES
SPURGEON - (Dev. “LECTURAS MATUTINAS”)


