“… según su
promesa, nosotros esperamos nuevos cielos y nueva tierra…” 2 Pedro 3:13
(Leer: Romanos 8:18-25)
En la escuela secundaria, estaba orgulloso de mi talento
para jugar al ajedrez. Me uní al club de ajedrecistas; y, en cada tiempo libre,
leía detenidamente libros clásicos sobre distintas jugadas. Estudié técnicas,
gané la mayoría de las partidas y dejé de jugar durante 20 años. Después,
conocí a un ajedrecista realmente bueno, quien había seguido perfeccionando su
juego, y descubrí cómo es jugar contra un maestro. Aunque yo tenía libertad de
hacer cualquier movimiento, ninguna de mis estrategias importó mucho, ya que su
superioridad garantizaba que todas sirvieran siempre a su objetivo.
Quizá esto describa nuestra condición espiritual. Dios
nos da libertad para rebelarnos contra su diseño original, pero, aunque lo
hagamos, terminamos sirviendo a su meta final de restauración (Romanos 8:21; 2
Pedro 3:13; Apocalipsis 21:1). Esto ha transformado mi manera de ver las cosas
buenas y las malas. Las buenas, como la salud, los talentos y el dinero, pueden
presentarse a Dios como ofrendas para servir a sus propósitos. Y las malas, como las discapacidades, la
pobreza, la disfunción familiar y el fracaso, pueden convertirse en
instrumentos que me acerquen a Él.
Con el Gran Maestro, la victoria está asegurada, al
margen de lo que esté sobre el tablero de la vida.
Padre, ayúdame a confiar en tu buen corazón.
Cuando no podamos ver la mano de Dios, confiemos en su
corazón.
(La Biblia en
un año: Salmos 68-69 – Romanos 8:1-21)
PHILIP YANCEY - (Devocional “NUESTRO PAN DIARIO")


