“¡Cuánto amo yo tu ley! Todo el día medito en ella. Tus
mandamientos me hacen más sabio que mis enemigos porque me pertenecen para
siempre. Tengo más discernimiento que todos mis maestros porque medito en tus
estatutos.” Salmos 119:97-99
Nada puede nutrir mejor
el alma del creyente que el alimentarse de la Palabra y digerirla por medio de
la meditación frecuente en ella. No es de extrañarse que algunos crezcan tan
poco si meditan tan poco. Debemos tomar la verdad y repasarla una y otra vez en
las partes más recónditas de nuestro espíritu y así sacaremos de ella la
esencia divina que nos alimenta. Para ti, ¿no es la meditación tu tierra de
Gosén? Si los hombres una vez dijeron: «Hay grano en la tierra de Egipto», ¿por
qué no pueden siempre decir que lo mejor del trigo se encuentra en la oración
secreta? La devoción privada es una
tierra que fluye leche y miel, un paraíso que tiene toda clase de frutas, una
casa de banquetes con vinos a elección. ¿Dónde podemos alimentarnos y
descansar en verdes pastos de una forma tan dulce como lo hacemos cuando
meditamos en la Palabra? La meditación destila la quintaesencia de las
Escrituras y llena nuestra boca de una dulzura que excede la de la miel virgen
que destila el panal. Tus tiempos de retiro y de oración deben ser tus
pasatiempos reales o, al menos, tiempos de renovación en los que, al igual que
los cosecheros al mediodía, te sientes con Booz y comas de la provisión
generosa de tu Maestro.
(A través de la Biblia en un año: Nehemías 11-13)
CHARLES SPURGEON - (Dev. “A LOS PIES DEL MAESTRO”)


