“El Señor, roca mía y castillo mío, y mi libertador…” Salmo
18:2 (Leer: Salmo 18:1-3, 46)
Mi esposa y yo tenemos
abuelas que han vivido más de 100 años. Al hablar con ellas y sus amigos
ancianos, detecto una tendencia casi generalizada en sus reminiscencias:
recuerdan con un toque de nostalgia los momentos difíciles. Hablan con agrado
de situaciones complicadas, tales como el baño fuera de la casa, y los años de
estudio cuando comían sopa enlatada y pan duro durante semanas.
Paradójicamente, los
momentos difíciles pueden ayudar a fortalecer la fe y los vínculos personales.
Al ver este principio en la vida real, entiendo mejor uno de los misterios de
la relación con Dios: la fe se reduce a una cuestión de confianza. Si estoy
afirmado sobre una roca sólida de confianza en Él (Salmo 18:2), las
circunstancias adversas no destruirán esa relación.
La fe cimentada en una roca sólida me permite creer que, a
pesar del caos que pueda vivir, el Señor sigue reinando. Al margen de lo
inepto que pueda sentirme, todo tiene que ver con que Dios me ama. Ningún dolor
dura para siempre, y, al final, no hay mal que triunfe.
Esa clase de fe
considera que aun el suceso más oscuro de la historia, la muerte del Hijo de
Dios, fue un preludio necesario para la hora más brillante: su resurrección y
victoria sobre la muerte.
Señor, tú eres la Roca,
el objeto de mi fe. Si no fuera así, me desmoronaría.
Cristo, la Roca, es
nuestra esperanza firme.
(La Biblia en un año: 1 Samuel 4-6 – Lucas 9:1-17)
PHILIP YANCEY - (Devocional “NUESTRO PAN DIARIO")


