“…Padre nuestro que
estás en el cielo...” Mateo 6:9
¿Qué es ese espíritu infantil, ese dulce espíritu del niño que lo hace
reconocer y amar a su padre? Yo no puedo decírselo a menos de que usted sea
niño; entonces sí sabrá la respuesta. ¿Y qué es el Espíritu de adopción por el
cual clamamos: “Abba, Padre”? (Romanos 8:15 RVR). Yo no le puedo decir, pero si
usted lo ha sentido, sabrá de qué estoy hablando. Es un dulce componente de la fe
que sabe que Dios es mi Padre, es amor que lo reconoce como mi Padre, gozo que
se regocija en Él como mi Padre; temor que tiembla ante la idea de
desobedecerle porque Él es mi padre, y confiado afecto y confianza que depende
y confía plenamente en Él porque sabe por el infalible testimonio del Espíritu Santo
que el Señor de la tierra y el cielo es el padre de mi corazón. ¿Ha sentido
alguna vez el Espíritu de adopción? No hay nada como Él bajo el cielo. Aparte
del cielo, no hay nada más bienaventurado que disfrutar el espíritu de
adopción. Cuando el huracán de los problemas ruge y cuando se levantan las olas
de la adversidad, y cuando el barco encalla en las rocas, cuán dulce es
decir: “Mi Padre” y creer que en sus fuertes manos está el timón. Hay música
en esta frase. Hay elocuencia. La esencia de la bienaventuranza del cielo está
en esta expresión “Mi Padre” cuando la decimos con voz temblorosa por
inspiración del Dios vivo.
Y así nos presentamos delante de Él. Cuando yo hablo con mi Padre no tengo temor de ser malinterpretado;
si me enredo en las palabras, Él entiende lo que quiero decir. Cuando somos
niños pequeñitos, apenas si balbuceamos nuestras palabras, no obstante nuestro
padre nos entiende. Nuestras oraciones pueden ser como fragmentos que no
podemos juntar, pero nuestro Padre nos escucha. ¡Ah, qué hermoso comienzo este
“Padre nuestro” para una oración llena de faltas, una oración tal vez tonta,
una oración en la que pediremos lo que no debemos pedir! Pero el Señor lee su
contenido y los deseos de nuestro corazón. Acerquémonos a su trono como los niños se acercan a su
padre, y declaremos nuestras necesidades y aflicciones en el lenguaje que el
Espíritu Santo nos enseñe.
ORACIÓN. Espíritu Santo, ¿Cómo es posible ser amados de tal manera por nuestro
Padre Celestial? Yo me regocijo en ser hijo de Dios. Amén.
CHARLES SPURGEON -
(Devocional diario "LA
ORACIÓN ")


