CUIDANDO LA COMPETENCIA
Por Milagros García Klibansky
“Espero que con esto sean alentados
sus corazones, y unidos en amor, alcancen todas las riquezas que proceden de
una plena seguridad de comprensión, resultando en un verdadero conocimiento del
misterio de Dios, es decir, de Cristo (el Mesías).” Colosenses 2:2
“Todos los términos de la tierra se
acordarán y se volverán al SEÑOR, y todas las familias de las naciones adorarán
delante de Ti.” Salmos 22:27
Ver a muchos cristianos afanados en trabajar incansablemente para la
iglesia es algo común en nuestros días. Muchos piensan aún, a pesar de conocer
lo que dicen las escrituras acerca de esto, que trabajando hasta el cansancio
agradan a Dios, cuando Él nos dice en su palabra que no nos afanemos, pues nada
de lo que el hombre haga puede hacerlo salvo y darle el aval para la vida
eterna. En ese sentido, todo fue hecho, Cristo hizo la obra, no hay nada más
que hacer que no sea abrazarlo.
Sin embargo, muchas personas, justificándose con el gran trabajo que
tienen que hacer para Dios, dejan de hacer lo que les toca en su rol familiar y
la iglesia no puede estar al margen de esto, debe conectarse con las familias
que la integran de forma que situaciones de este tipo puedan ser detectadas y
solucionadas a tiempo, antes del desastre.
La iglesia no puede ser una
competencia para la familia. Hoy padecemos de una enfermedad llamada “programas” que
muchas iglesias hacen en demasía. Reuniones y hermosos espectáculos, recitales
y otros provocan quejas dentro del núcleo familiar. Las esposas sienten que la
carga de la guianza de los hijos las aplasta, los hijos desean conversar con su
padre situaciones de su vida que sería más embarazoso explicar a su madre,
maridos que sienten que la mujer con la cual se casaron ha sido cambiada durante
el matrimonio en algunas cosas para bien, pero les es difícil disfrutar de esas
cosas por la ausencia y el abandono.
En la actualidad, muchas personas de las que llevan el liderazgo de las
iglesias también trabajan de forma secular y esto es agotador, porque son
minoría los que están verdaderamente comprometidos con la obra.
La iglesia bíblica era familiar, no protocolar ni condicionada a…. Las
reuniones se efectuaban alrededor de una mesa donde se compartían alimentos.
Los ancianos comenzaban a hablar sobre un tema y todos los demás daban
testimonios y opiniones que eran corregidas por los ancianos. Participaban los jóvenes y los niños que
eran educados para llevar una vida de santidad, lo cual difiere con la
educación de hoy donde el padre es poco activo o nulo.
La calidad de vida en el hogar determinará la calidad de vida de la
iglesia. El mejor trabajo que puede desarrollar la iglesia actual es orientar y
estimular a las familias a que compartan unidas, dirigiendo su educación a
partir de una base bíblica.
Hacer programas no es malo, lo malo sucede cuando los programas asfixian
a la familia impidiendo su cohesión y de esta forma se incumple el propósito
para el cual fue creada.
Cualquier programa que se desarrolle
en la iglesia necesita ser puesto en oración pidiendo guianza y sabiduría
divina y su propósito debe ser edificar a las familias de la iglesia. Nunca una actividad que desarrolle
la iglesia de Cristo debe ser para vanidad personal, sino para que el propósito
de Dios se cumpla en su pueblo y para su gloria, para que sea una iglesia sana
y cada hombre pueda decir: “pero yo y mi casa serviremos a Jehová” (Josué
24:15).


