MI DIOS ES DIGNO
Por Faustino de Jesús Zamora V.
“Los exhortábamos, alentábamos e implorábamos a cada uno
de ustedes, como un padre lo haría con sus propios hijos, para que anduvieran
como es digno del Dios que los ha llamado a Su reino y a Su gloria.” 1 Tesalonicenses
2:12
“Grande es el SEÑOR, y digno de ser alabado en gran
manera, y Su grandeza es inescrutable.” Salmos 145:3
Desde la creación,
Dios le imprimió al ser humano un sello de dignidad por una simple razón:
fuimos hechos a su imagen y semejanza. La dignidad tiene que ver con la virtud,
la moral, la integridad y el honor. Pablo nos recuerda "Porque a los que
Dios conoció de antemano, también los predestinó a ser transformados según la
imagen de su Hijo" (Rom 8.29). Y el escritor de Hebreos remarca esta
impresionante idea: El Hijo es el resplandor de la gloria de Dios, la fiel
imagen de lo que él es, y el que sostiene todas las cosas con su palabra
poderosa. (Heb 1.3a). De manera que podemos afirmar sin equivocarnos que Dios
nos dignificó con una dignidad natural al crearnos. El pecado entró a la
humanidad, contaminó esa bendición y sólo en Cristo podemos restaurarla. Gracias
a esa restauración, únicamente llegamos a ser dignos de la infinita
misericordia de Dios y de su gracia por los méritos inescrutables de Cristo.
Aun así, Dios anhela que sus hijos sean íntegros,
honorables, decorosos y ceñidos a una ética fundada en los cimientos de la
salvación;
dignos de su amor, de su gracia. Fuimos hechos para reflejar la imagen de Dios,
para ser completados en Cristo, el alfarero que rediseña constantemente nuestro
corazón hasta amoldarse al criterio de santidad que glorifique su nombre.
Nuestro Señor,
creador y salvador, es el único digno de toda gloria, alabanza y honor. Grande
es el Señor, y digno de ser alabado en gran manera, y Su grandeza es
inescrutable (Sal 145.3). Sin embargo, abundan también entre los cristianos,
aquellos que buscan ser dignos de alabanza y caen en las turbulentas aguas del
endiosamiento, enfermedad contagiosa que se propaga rápidamente si no se
atiende con premura y sabiduría evitando así devastadores daños en la iglesia
del Señor. Dios es digno, soberanamente, porque Él es Dios. El hombre es digno
en tanto refleja a Dios en su moralidad e integridad. En Cristo tenemos el
privilegio de buscar la santidad que nos hace verdaderamente dignos, porque
sólo en Él la transformación de nuestra vida puede ser una realidad. Me atrevo
a afirmar absolutamente -y que me perdonen los posmodernos- que sin una
relación íntima y devocional con Cristo es impensable aspirar a una dignidad
plausible de la manera en que Dios lo pensó.
Este era el
pensamiento de Pablo cuando le escribió a los hermanos de Éfeso desde la
prisión: "Yo, pues, prisionero del Señor, les ruego que ustedes vivan
(anden) de una manera digna de la vocación con que han sido llamados" (Ef
4.1). Este es un llamado grandioso porque hemos sido convocados por Él a vivir
conforme a su voluntad manifestada en su Palabra y encarnada en el portador del mensaje celestial por excelencia:
Jesucristo y su evangelio restaurador y reconciliador. También desde la
prisión Pablo le exhortaba a los filipenses: "Solamente compórtense de una
manera digna del evangelio de Cristo, de modo que …pueda oír que ustedes están firmes en un
mismo espíritu, luchando unánimes por la fe del evangelio" (Flp 1.27).
De esa dignidad trata
el evangelio. En la Declaración de Quito, Tercer Congreso Latinoamericano de
Evangelización (Quito, Ecuador, 1992) se dice: “En Cristo, Dios está
restaurando la dignidad humana, transformando las culturas y conduciendo su
creación hacia la redención final.” Esto es una realidad, aunque la iglesia
debe jugar un papel más comprometido en la defensa de la dignidad humana, del
respeto y el derecho a la vida, y en contra de la violación de los derechos
decretados por Dios para el ser humano; el de ser apreciado, respetado y
distinguido por ser la corona de su creación.
El Señor es digno y
merecedor de toda la honra, poder, alabanza. Cristo nos reviste de una dignidad
nueva como hijos de Dios, nos alienta a presentar batalla en favor de nuestra
santidad y de su evangelio, a ser dignos de una salvación inmensamente grande.
Seamos dignos herederos de una condición que no merecíamos y que sólo su amor
asombroso fue capaz de lograr.


