“Dice el necio en su corazón: No hay
Dios.” Salmo 53:1
“¿Quién entendió la mente del Señor? ¿O
quién fue su consejero?... Porque de él, y por él, y para él, son todas las
cosas. A él sea la gloria por los siglos.” Romanos 11:34, 36
(Leer 1 Sa. 17:1-30 – Mateo 13:44-14:12
– Salmo 14 – Prov. 4:7-9)
Alguien
preguntó: «¿Por qué dos copos de nieve nunca son perfectamente idénticos? ¿Por
qué cada cristal congelado será siempre único? Y si ningún copo de nieve es
idéntico a otro, ¿por qué comparten todos la forma de una estrella de seis
puntas? ¿Por qué no tienen cinco o siete? ¿Y por qué una margarita puede tener
cinco, ocho o trece pétalos, pero nunca diez u once? Frente a estas preguntas
no podemos dejar de ceder a la irresistible sensación de que el mundo es
organizado, calculado, regulado, pensado. Pero, ¿por quién? ¿O por qué?».
La respuesta a
estas preguntas siempre ha engendrado controversias; y esto entre los sabios
como en el resto de los hombres. Sin embargo, cada uno debe admitir que no
puede hallar por sí mismo una respuesta aceptable. La inteligencia del hombre debería, no obstante, darle a comprender que
hay un Creador, de modo que los hombres son inexcusables si no creen en
Dios (leer Romanos 1:20).
El testimonio
de la creación está delante de todos, pero también el de la Biblia. Creer en la
existencia de Dios es, pues, una prueba de reflexión inteligente de parte del
hombre. Pero confiar en Dios, creerle recibiendo el mensaje que él nos dirige a
través de la Biblia, nos permite entrar en una verdadera relación con él. Su
pensamiento es dar a conocer su grandeza en todo lo que ha creado, incluso en
un copo de nieve, pero también revelar su amor para que los hombres se
conviertan en sus hijos.
EDICIONES BÍBLICAS – (DEVOCIONAL “LA BUENA SEMILLA”)


