“Buscáis mucho
y halláis poco; y encerráis en casa, y soplo en ello. ¿Por qué?, dice Jehová de
los ejércitos. Por cuanto mi casa está desierta, y cada uno de vosotros corre a
su propia casa.” Hageo 1:9
Las almas avaras escatiman sus contribuciones para la obra pastoral y
misionera, y consideran ese ahorro como una buena economía. Los tales no se dan
cuenta de que, obrando así, más bien se están empobreciendo. Se excusan
diciendo que tienen que cuidar sus propias familias, pero olvidan que la manera
más segura de llevar a la ruina sus hogares es olvidando la casa de Dios.
Nuestro Dios tiene un método por el cual, o puede hacer prosperar nuestros
esfuerzos más allá de lo que esperamos, o puede hacerlos fracasar para nuestra
confusión y congoja. Con una simple vuelta dada por su mano puede conducir
nuestro barco por un canal ventajoso o también encallarlo en la pobreza y en la
bancarrota. La Biblia enseña que el Señor enriquece al dadivoso, pero que
abandona al mezquino para que descubra que el no dar conduce a la pobreza. He
podido notar, después de una amplia observación, que los cristianos más
generosos han sido siempre los más felices, y, casi invariablemente, los más
prósperos.
He visto al dador liberal elevarse a una riqueza en la que nunca
soñó, y he visto también al mezquino descender a la pobreza por la misma
tacañería con la cual pensaba enriquecerse. Los hombres confían a los buenos
mayordomos grandes sumas de dinero; y de esa manera obra también el Señor. Dios
da por carretadas a los que dan por fanegas. En los casos en que las riquezas
no han sido concedidas, el Señor hace que lo poco sea mucho, por medio de la
satisfacción que el corazón santificado siente en una porción cuyo diezmo ha
sido dedicado al Señor. El egoísmo atiende primero la casa, pero la piedad
busca primero el reino de Dios y su justicia. Sin embargo, a la larga, el
egoísmo es pérdida, y la piedad es grande ganancia.
CHARLES
SPURGEON - (Dev. “LECTURAS MATUTINAS”)


