domingo, 21 de septiembre de 2014

Obedecer y permanecer 21 septiembre




“Si    guardáis    mis    mandamientos,   permaneceréis   en   mi   amor.” Juan 15:10


EN NUESTRA MEDITACIÓN anterior se hizo referencia a la entrada en una vida de descanso y fuerza que ha tenido su origen en la comprensión profunda del amor personal de Cristo y en la seguridad de que el amor quería verdaderamente guardar el alma. En relación con esta transición, y la fe que la ve y la acepta, se usa con frecuencia la palabra entrega o consagración. El alma ve que no puede esperar el que este maravilloso amor la guarde, a menos que entre en una vida de entera obediencia. Ve también que la fe que puede confiar en Cristo para guardarla de pecar debe demostrar su sinceridad atreviéndose a confiar en que Cristo le dará fuerza para obedecer. En esta fe se atreve a renunciar a todo aquello que la ha estorbado hasta el momento, y aun a prometer y esperar vivir una vida agradable a Dios.

Esta es la idea que tenemos ahora aquí, en la enseñanza del Salvador. Después de las palabras «Permaneced en mi amor» —dichas para indicar que es una necesidad vivir en su amor, porque es a la vez una posibilidad y una obligación—, Cristo afirma que la condición es ésta: «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor.» Esto en manera alguna quiere decir que cierra la puerta a la presencia de su amor, que El acaba de abrir. De ninguna manera sugiere la idea de que como nosotros no podemos guardar sus mandamientos, no podemos permanecer en su amor.

No; el precepto es una promesa: «Permaneced en mi amor» no puede ser un precepto si no es una promesa. Y, así, la instrucción con referencia a esta puerta abierta no indica un ideal inalcanzable; el amor que invita a este permanecer celestial extiende su mano y nos permite guardar los mandamientos. No temamos: es en la fuerza del Señor ascendido que tomamos el voto de obediencia y nos entregamos a guardar sus mandamientos. Por medio de su voluntad, querida y hecha, se halla el camino de su amor.

Sin embargo, hemos de entender bien lo que esto significa. Se refiere a la ejecución de todo lo que sabemos que es la voluntad de Dios. Puede haber cosas dudosas, de las cuales no estamos seguros. Un pecado, aunque sea por ignorancia, todavía está marcado por la naturaleza del pecado. Puede haber pecados involuntarios, que aparecen en la carne, que no puede ser controlada o vencida por nosotros. Con respecto a ellos Dios los trata a su debido tiempo, escudriñándolos y humillándonos, y si somos sencillos y fieles, estará dándonos una liberación más amplia de la que esperamos. Pero todo esto puede ser hallado en un alma verdaderamente obediente. La obediencia hace referencia a la observancia positiva de los mandamientos de nuestro Señor y a la ejecución de su voluntad en todo aquello en que la conocemos. Este es un grado posible de gracia, y de lo que habla aquí Cristo es de la aceptación de esta obediencia, en la fuerza de Cristo, como el propósito de nuestro corazón. La fe en Cristo como nuestra Vid, en su poder que nos capacita y santifica, nos hace aptos para esta obediencia de fe y nos asegura una vida de permanencia en su amor.

Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor. — Es la Vid celestial desplegando el misterio de la vida que El da. Es a aquellos que permanecen en El a quienes El descubre el secreto de permanecer plenamente en su amor. Es la entrega total de todo para hacer su voluntad que nos da acceso a una vida en que gocemos de modo permanente de su amor.

ORACIÓN. Obedecer y permanecer ¡Señor de misericordia, enséñame esta lección: que es sólo sabiendo tu voluntad que puedo conocer tu corazón, y sólo haciendo esta voluntad que puedo permanecer en tu amor! ¡Señor, enséñame que es tan inútil el esforzarme por mi cuenta como es esencial y absolutamente indispensable el obrar de la fe, en tu fuerza, si permanezco en tu amor!


ANDREW MURRAY - (Devocional diario “LA VID VERDADERA”)







TRADUCCIÓN