“Sed, pues, imitadores de Dios como hijos
amados.” Efesios 5:1
El imitar a
Dios pudiera ser fácil de analizar, pero es difícil de hacer. No puede hacerlo
con su propia fuerza. Pero Jesús nos dio en el Sermón del Monte el punto de
partida para imitar a Dios. Tenemos que llorar por nuestro pecado con un
espíritu quebrantado y contrito. Cuando estemos abrumados por nuestro carácter
pecaminoso, tendremos hambre y sed de justicia. Así que hay una paradoja:
“Debemos ser como Dios, pero tenemos que reconocer que no podemos ser como Él
por nuestro propio esfuerzo”.
Una vez que estemos conscientes de la paradoja,
entonces sabemos que debe de haber algún otro poder para hacer posible el
imitar a Dios. El apóstol Pablo pedía a Dios que nos fortaleciera “con
poder en el hombre interior por su Espíritu” (Ef. 3:16). El Espíritu Santo da
la fortaleza para que seamos “llenos de toda la plenitud de Dios” (v. 19).
Podemos ser como Dios (desde el punto de vista de su carácter), pero no podemos
lograrlo por nuestra cuenta. Esa es la obra del Espíritu.
JOHN MACARTHUR
- (Devocional "LA VERDAD PARA HOY”)


