PREPARANDO A MIS HIJOS PARA LA SALVACIÓN
Por Tim Challies
Confío en Dios con mi alma. ¡Qué hago! No tengo otra esperanza en la
vida y la muerte, sino la confianza que estoy en Cristo por toda la eternidad.
Puedo confiar en Dios con mi alma, pero por alguna razón paso un tiempo mucho
más difícil confiando en él las almas de mis hijos. Me pregunto si usted se
puede identificar con la lucha.
Estoy convencido de que Dios me salvó por gracia mediante la fe en
Cristo solamente. No hice nada para merecer esta salvación. No hay nada en mí
que haya vuelto los ojos de Dios en mi dirección. No hay ningún vestigio de
bondad que le obligase a mirar mi camino. Yo no lo buscaba cuando El comenzó a
buscarme a mí. Todo era de su gracia, sin siquiera el más mínimo de mis méritos.
No he añadido nada a mi salvación, sino
el pecado que la hizo necesaria.
Creo todo esto acerca de mí mismo, pero de alguna manera parece que es
más difícil de creer cuando se trata de mis hijos. Ahora bien, no es tan simple
como se podría pensar: yo he visto lo suficiente de mis hijos para saber que
sufren de la misma depravación total como su padre. Sé que no tienen ningún
mérito qué traer ante el Señor. No, mi problema es más profundo que eso, y un
poco más difícil de erradicar.
Cuando se trata de mis hijos, me parece que quiero creer que la acción
de Dios dependa de mi acción. Creo que para que Dios salve a mis hijos, yo
primero tengo que hacer las cosas correctas. Si yo quiero que Dios los salve,
tengo que cruzar las ‘t’ espirituales y salpicar el ‘i’ espiritual. Y si no lo
hago, así, su salvación sólo puede ser cuestionable. Cuando se trata de su
destino eterno, es como si él no estuviese mirando a sus buenas acciones, sino
las mías, como si se justificaran por mis méritos o condenados por mi falta de
mérito. Yo en realidad no articulo esto, pero yo lo veo tratando de manifestarse
en mi vida.
Lo veo en los devocionales familiares sutilmente cambiando de un momento
de adoración a Dios a un medio de torcer el brazo de Dios: Si hago devocionales
familiares cada día, ¿los salvarás? O tal vez más claramente: ¿Si yo no lo hago
por un par de días, todavía se podrán salvar?
Lo veo cuando mis decisiones provienen de un lugar de miedo en vez de
un lugar de confianza y cuando determino que lo que es mejor para los niños
debe ser lo que parece más seguro para ellos: Si elijo esta escuela o aquella liga,
¿le podría eliminar de alguna manera de tu gracia? ¿Sería toda la culpa mía?
Lo veo cuando les pregunto cómo le están haciendo con sus devociones
personales y me doy cuenta que no estoy teniendo una auténtica preocupación
para ver cómo están buscando al Señor y lo que están aprendiendo de él. En su
lugar, yo les pregunto porque su devocionales personales son una forma más en
que papá debe está imponiendo a Dios para con mis hijos.
Lo veo cuando oro por ellos y estoy casi tentado de decirle a Dios que
me debe el salvarlos: Dios, he hecho lo que puedo y lo he hecho bastante bien;
¿no los salvarás ahora? ¿Qué más tengo que hacer para saber que son salvos?
¿Qué necesito hacer para prepararlos para la salvación?
En esas maneras y muchos más me parece pensar que puedo ganar la
salvación de mis hijos. Y si no puedo ganarlo a través de mis buenas obras,
seguramente por lo menos puedo anularlo al menos por mi negligencia. ¿Podría?
Siglos atrás un hombre llamado Isaac tuvo dos hijos, uno de ellos que
amó y siguió al Señor y uno rechazó y abandonó al Señor. Debe haber habido
alguien que miraba Esaú, y luego mirara a Isaac y Rebeca y dijera: “Me pregunto
¿Qué hicieron mal? ¿Qué hicieron mal para echar a perder a ese muchacho?” Pero
Dios dijo: “a Isaac amé y Esaú aborrecí.” Todo estaba en manos de Dios y todo
era parte de su buen plan. No fue lo que hicieron los padres o lo que dejaron
de hacer. Era la buena voluntad de Dios.
Lo bueno y amable y amoroso Dios gobernando sobre todo.
Y lo mismo es cierto para mis hijos. No pueden ganar su salvación y yo
no puedo ganarla por ellos. Creo que el Señor ha salvado o los salvará y serán
salvos no por su padre, sino como su padre –al confiar en Cristo y sólo Cristo
mientras abren sus ojos para verlo y mientras abren su corazón para recibirlo–.
Sus almas están en las buenas manos del buen Dios. Y yo, de todas las personas,
doy testimonio de que no hay mejor lugar en donde ellos puedan estar.


